De la COP15 a la COP25: mi perspectiva

Hace 10 años quien teclea estaba yendo a la COP15 de Copenhague con el grupo de Stakeholder Forum  para participar en el ámbito de agua (Adaptación) durante la COP15, junto con compañeros del máster en cambio climático y desarrollo sostenible que pocos meses antes había culminado en Inglaterra con una doble ‘distinción’ (en el máster y en la tesina, que fue publicada en una prestigiosa revista académica). Desbordaba ilusión por cambiar el mundo. Le siguieron años de entrega apasionada e incondicional primeramente en el entorno ONU, hasta entender que nada pasaría a ese nivel en tiempo y envergadura suficientes, tras la sucesión de fiascos culminada en Río+20;. Reorienté mi pasión hacia la promoción de comunidades sostenibles dando charlas allá donde había un par de orejas, hasta toparme con mi propia falsedad, que la frustración de mi ilusión fue revelando. Para investigar en ella me trasladé a un pequeño pueblo de la Merindades. Hoy vivo solo en él. El silencio, maestro único, lleva a comprender que nada hay que salvar o predicar, y que la dignidad de la vida radica no en su utilidad, sino en el propio vivir.
Apenas he seguido las COP posteriores. Apenas me sorprendió el entusiasmo que generó el Acuerdo de París a pesar de su manifiesta inutilidad, como prueba, entre otros muchos, el hecho de cada año que pasa establezca un nuevo récord de emisiones. La  comprensión va convirtiendo la indignación en sonriente aceptación, Hoy en día una nueva fuerza emergente está tomando posiciones, pero me temo que el máximo al que puede aspirar la COP25 es otra banal declaración de intenciones. Poco más. La mera existencia de países, o la inexistencia de al menos un verdadero gobierno mundial para abordar asuntos globales, es un impedimento definitivo para cualquier cosa parecida a una sostenibilidad. El verdadero gobierno mundial seguirá ejerciéndolo el Becerro de Oro que en su propio interés, con su estructural astucia, adoptará de esa nueva fuerza lo que le resulte conveniente, adaptándolo a su corrupción; y escupirá el resto. La estructura del mundo en base a países institucionaliza la miopía que nos es propia. El surgimiento de la autoconciencia, que fundamentó el nacimiento de nuestra especie hace 40.000 años, es también nuestra gloriosa tumba. Si no somos capaces de cambiar el rumbo es porque tampoco lo somos de comprender, mirando a la vida desde el que, de forma miope, entendemos como nuestro interés. Nuestro verdadero reto no es salvar cosa alguna, sino comprender nuestra incomprensión.

Ejercicio de comprensión.

Este post es esencialmente un ejercicio de comprensión en curso.

Desvelar

La verdad es un concepto, una idea necesaria para nuestro entendimiento. Se muestra en todas las cosas pero no la vemos, porque solo vemos lo que podemos ver, que es lo que nuestra mirada puede comprender, abarcar. Nunca podríamos comprender la verdad porque es necesariamente inabarcable para una capacidad de entendimiento limitada como la humana, pero sí podemos caminar hacia ella. Desvelando nuestra propia falsedad comienza a asomar la verdad. Toda intención va quedando desbaratada.

Juicio y mirada

La comprensión es el camino por el que la Vida se manifiesta. Comprender es abarcar. No se puede comprender un asunto cuando solo se ve una parte, porque solo a una parte se mira; cuando no se tienen en cuenta todas las implicaciones del asunto –en particular, siempre que se mira con interés. La mirada condicionada impide la comprensión.

El juicio revela solo la (in)comprensión del que lo expresa. Lo juzgado permanece inalterado. Carece de sentido sentir ofensa si alguien te juzga, pues lo que se manifiesta no es el ente que se ha juzgado, sino el criterio del juez, que revela los límites de su entendimiento, que son los de su comprensión. El rango de validez de un juicio se limita al momento de quien lo emite. Si mi comprensión es limitada, mi juicio también lo es.

Conocimiento y sabiduría

Conocimiento es erudición, no sabiduría. El aferrarse al conocimiento es un obstáculo fundamental para la sabiduría. La sabiduría es fruto del desvelamiento de la ignorancia. La erudición implica distancia (tiempo), la necesaria para el aprendizaje. La sabiduría, en cambio, es inmediata, no hay distancia, porque está ahí, siempre presente. La sabiduría ES presente, ahí donde inútilmente, en vez de verla, se busca, acumulando conocimiento y alejándose de ella. Para verla hay que descubrirla, desvelarla, despojarla de todo prejuicio, de toda intención por obtener algo, de todo querer ventaja, ya fuere en forma de lástima.

La ciencia no es interesada. Una investigación científica busca respuestas desconocidas. Una investigación sesgada por el interés no es científica por mucho que se haya publicado en una revista académica. La ciencia se encamina hacia la verdad descubriendo y revelando nuevos campos de ignorancia; pero no es capaz de comprenderla porque no puede abarcar todas sus implicaciones. Como muestra: ni siquiera los físicos cuánticos comprenden la realidad cuántica, aunque saben que se cumple. La verdad fundamental es incomprensible para la mente humana: va más allá de la conformidad con la razón, que solo puede ir descubriendo su ignorancia. El camino hacia la verdad transciende a la ciencia, incorporándola.

Vida y vidas

Las manifestaciones de la Vida son crecientemente comprensivas, pero solo la propia Vida es la comprensión propia, porque nada hay más allá y mada queda fuera de ella. Eso a lo que llamamos comprensión es en realidad ‘menor incomprensión’. Las manifestaciones van comprendiendo la Vida en un camino sin fin. La comprensión es un mero concepto, sin manifestación. La incomprensión, en cambio, sí se manifiesta. El camino de comprensión pasa por la incomprensión, de ella aprende. La incomprensión se desvela en una nueva incomprensión, más profunda o esencial. La comprensión transciende a la incomprensión, incorporándola y descubriendo nuevos campos de incomprensión.

La Vida no existe, porque su ser no es desde fuera de ella sino en sí. La Vida es. Las vidas son el acontecer de la Vida. Las vidas sí existen, porque son manifestaciones de la Vida, y por tanto sí hay un fuera-de-ellas. El tiempo es el momento histórico del acontecimiento de la Vida, atemporal.

No hay tal cosa como seres vivos y no vivos, sino como expresión de un lenguaje limitado y limitante. Si la autopoiesis es la condición de existencia del ser vivo y el sujeto del vivir no es sino la propia Vida, no hay ente no vivo mientras sea tal ente. Hasta la unidad más inanimada es convertida es manifestación de la Vida. La muerte solo lo es del ente, que cambia de forma como concentración de energía. Toda materia es energía (e=mc2). La Vida abarca toda unidad de materia como energía.

Economía

La economía es comprensiva. Algo que no sea comprensivo no puede ser economía, porque necesariamente se comporta a costa lo que no comprende. Solo la Vida es comprensión, luego solo la Vida se comporta económicamente.

La economía no es otra cosa que la gestión de la escasez. Toda manifestación de la Vida es económica cuando encuentra escasez: un río, un árbol, una piedra, se comportan económicamente. El río no se empecina en atravesar la materia más dura en su camino al mar, y considera las afluencias de caudal al establecerlo. El árbol crece buscando luz, nutrientes o cumplir su misión, cooperando con otros seres. El que no supiese ver el comportamiento económico de una piedra no revelaría sino mi incomprensión.

Quizá no se pueda atribuir inteligencia a un río, y quizá tampoco a una persona. Quizá la inteligencia sea una y única, y sinónimo de economía como forma de manifestación de la Vida en todos sus entes y en la relación entre ellos.

Una disciplina humana no puede ser economía por mucho que así la llamemos, máxime cuando es consciente de dejar fuera de su comprensión algo que denomina ‘externalidades’. El medio ambiente, por ejemplo, es una externalidad para la Economía (en mayúscula por denominación convenida y en cursiva por falaz) porque no sabe gestionar su escasez (por ser público y de libre acceso), así que lo consume como si fuera infinito.

Comprender nuestra incomprensión de eso que llamamos Economía invita a trascenderla. Sin un cambio en la comprensión que los humanos tenemos de nosotros mismos y de nuestra relación con el mundo, toda reforma política o económica será inútil o incluso perversa.

Política y democracia

Menos comprensivo es aún esto a lo que llamamos democracia. Su incomprensión se multiplica cuando además en ella media el interés, en el voto o en eso que llamamos la política y que no es tal, sino idiotez –si somos fieles a la etimología griega de ambas palabras. La política se niega a sí misma en la idiotez: en la defensa de intereses particulares, que se disfrazan de máximas sacrosantas. No cabe esperar solución de la política, pues no se sabe qué problema enfrenta: no puede ver el problema, porque su mirada está enfocada en la justificación de su propia existencia.

La idiotez de los políticos no refleja sino la idiotez colectiva y el limitadísimo alcance de lo que llamamos democracia. En esta, los políticos tratan de obtener votos prometiendo a los idiotas que cumplirán con sus intereses, orientando sus promesas y su acción a grandes grupos, cuyo argumento de justicia es con frecuencia “somos muchos”. Lo pequeño queda fuera de la ecuación, así que nos agrupamos en defensa de intereses. La sociedad se empobrece por concentración y pérdida de diversidad en las miradas al mundo.

Esto a lo que llamamos democracia es una vulgarización de la incomprensión. Para que la democracia sirviera para abordar un asunto haría falta que lo comprendiese en la medida de lo posible. Carece de sentido votar como idiotas, sin un mínimo de comprensión; menos aún guiados por el fingido y manipulador fervor de otros manifiestos idiotas. Carece de sentido votar por soluciones si no sabemos cuál es el problema de fondo, que subyace a sus manifestaciones. Si lo supiésemos, la gran mayoría de los problemas que creemos graves y urgentes se desvanecerían por su insignificancia.

A poco que se eleve el punto desde el que miramos a la realidad para enfocar un horizonte más distante, se ven la magnitud, la violencia y la certidumbre del colapso que ya vivimos pero no vemos. Las manifestaciones de conflicto derivadas del aumento de población mundial, de la diferencia entre ricos y pobres, del cambio climático o de la desaparición de especies animales son continuas y crecientes, pero lo que llamamos democracia es incapaz de afrontar estos asuntos porque orienta la política al poder, y este lo otorgan los votos, que no van a quien alerta y actúa sobre una emergencia que no se percibe. El optimismo es una visión tan sesgada como el pesimismo: ambas impiden ver la realidad, si tal cosa existe –en realidad no es sino una entelequia suplantada por la percepción. Aunque las manifestaciones de conflicto son diversas, el conflicto es uno y único, y está ligado a nuestra mirada, a nuestra forma de ver lo que acontece o, en su lugar, lo que nuestros prejuicios proyectan.

Eso a lo que llamamos economía, política y democracia son juegos de niños. También el ecologismo no comprensivo lo es. Todo –ismo es miope en tanto que parcial. El adulto transciende la niñez, incorporando comprensión de la incomprensión infantil, lo que de ella ha aprendido. Nuestra edad en el desarrollo de la especie humana no es mayor de 14 años.

Aprendizaje y transcendencia

La Vida se vive a sí misma aprendiendo, mediante prueba y error. Las vidas son entidades que la Vida lanza para pensarse y aprenderse. La Vida aprende a través de sus manifestaciones, aumentando en su devenir, en escala de tiempo cósmica, la profundidad y amplitud de su entendimiento. Salvar al mundo es pretensión banal e irrisoria: todo lo que el mundo acaso necesita es prescindir de nosotros, llegados al límite de nuestra (in)competencia, que consideramos lo más valioso de él, por su escasez, como ‘externalidades’.

En otoño, las hojas de los árboles mueren. Solo así puede el árbol vivir: las hojas se convierten en la tierra que se hace árbol, que se hace hoja, que se hace tierra. El otoño se hace invierno, que se hace primavera, que se hace verano, que se hace otoño, que se hace tierra. El niño se hace joven, que se hace adulto, que se hace viejo, que se hace tierra. La tierra se transforma en otras manifestaciones de vida. Toda manifestación de vida nace, crece, llega una máxima expansión y degenera, hasta desaparecer para dejar paso a lo nuevo, como cada pálpito del corazón. La energía permanece. Todas las manifestaciones de la Vida comparten varios patrones comunes. El evolucionar mediante el sacrificio es otro de ellos. La comprensión transciende a la incomprensión como la Vida a la muerte: superándola e incorporándola.

Comprensión

No hay cosa que salvar. La misión de nuestro tiempo es comprender, para que la Vida aprenda con nosotros. La comprensión conduce a la aceptación y al silencio. “Si mi agua está contaminada, cuanto más riegue, más contaminaré; y cuanto mejor riegue, mejor contaminaré”.

Nos empeñamos en concienciar enfocando la mirada en la importancia asuntos parciales: el cambio climático, la desaparición de especies, el consumo de plástico, la deforestación, la desaparición de la vida rural, el reciclaje de residuos, el trato a mujeres o discapacitados, la importancia de comer o dejar de comer ciertos alimentos, la perversidad de tal o cual empresa o negocio, los padecimientos de tal o cual etnia, país o pueblo, el racismo, la falta de cultura  e innumerables otras manifestaciones del que es, en realidad, el mismo asunto; nos indignamos y acudimos a manifestaciones para que otros (los así llamados ‘políticos’) actúen con urgencia, y cargamos indignados contra ‘el sistema’; pero nuestros estilos de vida continúan cebando, en otras manifestaciones distintas de aquella en la que ponemos nuestro foco, ese sistema que decimos aborrecer. Quizá las campañas de concienciación sobre asuntos parciales sean en el fondo contraproducentes, pues nos hacen creer que algo ‘bueno’ se consigue si el devenir ese asunto cambia de rumbo; cuando el fondo del asunto permanece intocado y las manifestaciones de insostenibilidad se multiplican.

Relevancia

La relevancia de la comprensión es fundamental. Que la dignidad del vivir le es intrínseca. Que no cabe esperar nada de eso a lo que llamamos política o democracia. Y que si algo se puede hacer por cambiar el devenir del mundo no será a iniciativa de quien está cómodo en él.

El problema de la destrucción de las condiciones para que los humanos y otras muchas formas de vida sigamos habitando la Vida es incomparablemente más importante y apremiante que todos los juegos de niños que rebosan los noticiarios. Esta civilización, negociosa y blacfraidera, llega al límite de su idiotez.

Si se comprendiese el momento que vivimos se entendería que la única política que ahora cabe es cultivar la resiliencia, gestionando el decrecimiento ineludiblemente consecuente; en vez de orientarse al crecimiento económico. Es el único objetivo político plausible frente a un colapso cierto. Esta política no la van a promover quienes están cómodos en esta civilización, presos de una Economía antieconómica que degenera sin remedio. Lo que sí podría hacer la política es reconocer sus propios límites, ver y contar la situación ante la que estamos, promoviendo instituciones que permitan una evolución transformadora y amortigüen la próxima incapacidad las oficiales para hacer frente a sus objetivos.

CONCEPTOS Y REALIDAD

La realidad (la verdad) no existe. Existe la percepción (o la mentira). Muchos conceptos de virtud no tienen manifestación real en términos absolutos. La sostenibilidad, la justicia o el orden, como tantos otros conceptos de virtud existen, no se manifiestan; lo hacen sus opuestos: la insostenibilidad, la injusticia, el desorden. Nada es sostenible: toda manifestación de vida, desde los cuarks hasta el universo (etim: movimiento único) sigue el mismo patrón: nace, crece, llega a un máximo, degenera y desaparece, para dejar paso a lo nuevo. Es tan ilusorio pensar que nuestra especie o civilización no han de desaparecer como que uno no ha de morir.

COP25

Ciertamente, la sociedad es hoy más receptiva a ver la amenaza que para nuestra forma colectiva de vivir supone el cambio climático y percibe que sus causas no distan de las que provocan la creciente desigualdad en riqueza y rentas.

La COP25 es una nueva oportunidad para que esa mayor comprensión conduzca a acciones efectivas para afrontar las causas comunes de esos problemas comunes. Sólo lo conseguirá en la medida en que concurran en ella visiones honestas, libres de idiotez o intereses particulares.

De lo que hagamos guardará la Vida registro, y con ello aprenderá. Aunque no sea como acción pura, sino como reacción frente a una amenaza, ello servirá para que lo que nos suceda tenga aprendido el error de la miopía.

La COP25 es también lo es para que veamos en sus resultados los límites de nuestra comprensión. La comprensión de la incomprensión es el camino por el que la vida se manifiesta.

Apuntes de un idiota sobre política

Si no fuese desde una visión amplia de lo que acontece, lo pueril de los asuntos que llenan los noticiarios [1] rebosaría el vaso de lo soportable. Es muy significativo que, estando sobre la mesa asuntos del calibre del cambio climático, nos preocupemos por tantos juegos de niños. Viéndolo desde una comprensión amplia, en cambio, se entiende que, simplemente, muestra civilización –o especie—, llega al límite de su incompetencia; y que, si de algo tiene que salvarse la vida, es de nuestra miopía. La naturaleza dispone que todo lo que es unidad de vida desaparezca como tal para dar paso a nuevas concentraciones de energía, también efímeras pero siempre más comprensivas que las que transcienden.  Así, desde los átomos hasta el universo, y más acá y más allá; pasando por civilizaciones y especies.

Eso que llamamos política hace mucho que se ha convertido en un circo, dirigido más bien por idiotas que por políticos, si somos fieles a la etimología griega de ambas palabras. Porque, sí, la política es hoy un tablero sobre el que se juegan partidas de intereses privados, por mucho que se arguyan sacrosantos motivos, que cada uno porta como baluarte y contra los que acusa al otro de atentar, para manipular opiniones y atraerlas hacia la defensa de sus inconfesados intereses, convirtiéndolos en espectáculos de masas apasionadas por gilipolleces como las identidades nacionales prêt-à-porter, la defensa de derechos que el cielo parece haber otorgado o de intereses estratégicos, por satisfacer necesidades (?) tan fundamentales (?) como el llegar media hora antes a un destino o de poder navegar por internet a velocidades ultrarrápidas, pretendiendo someter al tiempo al dictado de una tecnología que lidera la carrera de una jauría de pollos descabezados hacia el disparate.

Pero la idiotez no se acaba en la política, sino que se funda en la generalizada forma de mirar al mundo. Miramos desde nuestra perspectiva interesada, dejando fuera de su comprensión todo lo que creemos que no nos afecta. La frase “cada uno debe mirar por sus intereses” se pronuncia con tanto convencimiento como inconsciencia de su gravedad, perpetuando el conflicto. Somos incapaces de ver lo que acontece porque miramos desde nuestro interés, y así no podemos ver la inmensidad que queda fuera de él. La mirada parcial, el no abarcar a ‘lo otro’, el creer que el organismo limita nuestro ser, impiden la comprensión de la causa que funda la permanencia del conflicto.

Toda manifestación de vida, como la gota de agua, nace y muere; y es precisamente gracias a ello que la vida sigue viviéndose. Creyéndonos gota de agua, no nos vemos el agua de la gota, que es el mar.

Lejos de generar angustia, el ver nuestra miopía da paso a la comprensión del tiempo como acontecer histórico, y a entender que estamos ante un momento importantísimo para el vivir: tenemos la oportunidad de comprender nuestra limitación, y con ello contribuir enormemente al aprendizaje de la vida. La misión de nuestro tiempo no es salvar cosa alguna, sino trascender la idiotez, ampliar la comprensión –y de ello, por añadidura, se derivarían inmediatamente unos estilos de vida que fundarían un mundo más armonioso.


[1] Estos días toca: asunto catalán, brexit, guerra arancelaria, impeachment, caos en Ecuador, Chile y Argentina, turcos contra kurdos, infinita guerra siria, batallas electorales, reubicaciones de cadáveres, tipos de interés, crecimiento económico… Desaparición de pueblos y pequeñas ciudades, empobrecimiento de los trabajadores, despliegue imprudente del 5G, numerosas demandas de dinero en nombre de la justicia, despidos masivos, desconfianza empresarial… Todas estas son noticias que hoy se escuchan, pero ¿cómo no vemos que, en el fondo, son la misma noticia, con distintas formas? Resultados diversos de intereses miopes, con infinidad de disfraces. (Eso sí, los noticiarios siempre acaban con noticias deportivas, para aliviar la amargura que podría dejar lo anterior.)

El orden y el desorden comparten camino

Encender la radio cada mañana y escuchar las noticias. Dejar que la razón investigue sus causas. Descubrir que todas las noticias son la misma, aunque no iguales; porque son manifestaciones de lo mismo, pero con formas distintas.

El orden y el desorden comparten camino.

La vida sigue viviéndose, pero, ocupados en posicionarnos ante la inmediatez, descuidamos la mirada amplia, la comprensión.

Hoy toca Brexit, guerra arancelaria, impeachment, elecciones, caos en Ecuador, ataques turcos contra kurdos, asunto catalán, asesinatos de mujeres, empobrecimiento de los trabajadores, despliegue imprudente del 5G, cadáveres a desenterrar, infinita guerra siria, numerosas demandas de dinero en nombre de la justicia, despidos masivos, desconfianza empresarial… Como postre, las noticias deportivas para endulzar el presente y atenuar el sabor amargo.

Por libre, la bolsa sigue su ritmo: el de las perspectivas. Lleva una buena racha.  Las perspectivas que sigue la bolsa no son las de virtud alguna, sino las del endeudamiento. Cuando lo olisquea, lo celebra. ¡Hay que endeudarse! Hay que creer que el año que viene seremos lo suficientemente más ricos como para pagar lo que entonces necesitemos más lo que hoy ‘necesitamos’ (?) pero no podemos pagar. Los intereses son el afán del capital. Hay que creer, hay que crecer, hay que tener ‘esperanza’, hay que ‘emprender’. Emprendedor, fuente de deuda, icono modélico del momento. No importe el empobrecimiento de la tierra, la escasez de energía aprovechable, la inversión de la pirámide poblacional o la disminución de la masa salarial. ¿Quién devolverá la deuda? ¿Cuánto tardará ‘el sistema’ en reconocer su quiebra?

Poco tiempo ocupan los asuntos a mayor plazo. El cambio climático se expresa crecientemente, y, dada la inoperancia de eso que llamamos política, comienza a fundar una base sobre la que cada vez más gente reconstruye su discurso. ¡Eureka! Si el dinero está en lo verde, ¡disfracémonos de verde!: ¡no más plástico! –por cierto, es tiempo para un Nespreso; las abejas desaparecen –por cierto, ¿qué hay hoy para comer?, ¿adónde nos vamos de vacaciones?, ¡he visto en el escaparate una rebequita ideal! (La pérdida de biodiversidad, en cambio, aún no asoma en el panorama.)

Juegos de niños.

Resultado de imagen de nogal otoño

Mientras tanto, las hojas de los nogales, exhausto su recorrido como tales, caen y mueren para seguir viviendo.  ¿Cómo no vemos en ello la noticia más relevante del día?

El orden y el desorden comparten camino.

Nos arrogamos un poder que no tenemos, y nos negamos así la posibilidad de descubrir el que sí tenemos. ¿Quiénes somos para dictar a la vida lo que debería ser? ¿Quiénes nos creemos para salvar algo o para poder hacerlo? La vida sigue su curso, libre. Ella es la única sostenible, nada más lo es. Su manifestación más profunda se asoma al límite de su incompetencia. Bendito límite. Con él aprenderá la vida para seguir tentando su infinito camino hacia el orden.

El orden y el desorden comparten camino porque son la misma cosa.

Nuestro poder es la comprensión, que revela la belleza intrínseca del vivir y transforma la ira en gozosa sonrisa. La comprensión es la posibilidad última que la vida nos brinda para seguir su camino de aprendizaje.

Carta abierta a Manfred Nolte- Crítica a todo

Apreciado Manfred:

Ayer, de paso por casa de mi madre en Bilbao, recogí algunos ejemplares de El Correo, que con cariño me guarda para encender la chimenea de la casa que habito en Merindades. Mala suerte la de mi madre al contar entre sus hijos con este torpe: me traje también el periódico del día, de lo que me di cuenta al ir a enfrentar a los periódicos con su transitorio destino: arder en la chimenea. Resulta que di en darme cuenta de mi postrera torpeza al atardecer, al ver que la página que escogía para quemar contenía tu artículo ‘Elecciones: Debates, Urnas, Realidad’, con fecha de ayer, que rescato en este link a tu blog. Su lectura fue resonando en mi cabeza (y su combustión en mi confort) mientras afrontaba algunos asuntillos del día a día digital: coser el botón de una camisa vaquera comprada en las pasadas rebajas – ¡ay, qué barato nos fabrican estos pobres pobres!

Lo primero que me resonó fue la referencia a una paradoja –cumplida en otra persona, claro: Pablo Iglesias. Y fui dándome cuenta de que, para paradojas, las que se manifestaban en tu texto, pero que, en realidad van un poco más allá. Así que, ¡hala!, me lancé a escribir. Gracias ante todo, Manfred, por haber facilitado que se expresen algunos los mantras que estaban ocupando un espacio que quiero dedicar a asuntos más transcendentales (primos-hermanos del calor de la chimenea), y así librarme de ellos. ¿Ves?, eso me pasa por ver la tele –estaba mejor sin ella, ¡yat’edigo!

 

El artículo

Desprende ya el tercer párrafo cierto aroma a intencionalidad cuando apuntas como paradoja que Iglesias se haya “presentado como adalid de la Constitución del 78, de la que hasta ahora ha sido hasta ahora su acérrimo opositor”. Tras haber apuntado el exceso de simplificación que conlleva la proverbial brevedad de los titulares en los medios, cometes otro exceso simplificador (paradoja número 1), bien a sabiendas de que lo es: Iglesias —a quien solo una imaginación desbordante puede visualizar “en su nuevo rol de vendedor de biblias”— no se opone acérrimamente a la Constitución, sino que propone modificar constitucionalmente algunos sus artículos. Acaso, acérrima sería cierta persistencia de los que llamas “partidos clásicos”: los que quedan tras excluir a las “nuevas formaciones, casi siempre de signo populista” hacia las que “los desairados, mostrando su resentimiento, desvían su voto”. ¿Desvían?, ¿es que su camino natural es votar a los únicos que restan: PP y PSOE? (paradoja número 2). Pero –chúpate la paradoja número 3— si alguien lleva lustros pasándose la Constitución por el forro son el PP y el PSOE; entre otras cosas porque son los únicos que han podido hacerlo legalmente –bueno, vale, quizás UCD también habría podido. El “populista vendedor de biblias” lleva tanto tiempo denunciándolo que incluso muchos de los quienes no pueden ni verle podrían ver lo que dice. Sospecho que estás entre los primeros, pero no entre los segundos, porque no podrías verlo si crees conocer mejor que su padre la intención con la que actúa; digo yo, más que nada por la referencia a Iglesias como “vestido con piel de cordero”, como única referencia a los disfraces usados en el circo de contendientes en el que ha degenerado esto a lo que continuamos sobrevalorando al darle el digno nombre del que es indigno: democracia (no apunto a tu texto esta paradoja); en vez de lo que es: un escenario para representación de roles, para el actor o prosopon –palabra griega de la que, no en vano, deriva la española ‘persona’.

Sugieres la bondad de basar la argumentación partidista en los programas electorales al tiempo que arremetes contra Podemos, cuando es este el partido, diría yo, que más ha basado su campaña en su programa (paradoja número 4), precisamente con la Constitución como guión del discurso –a no ser que consideremos programa al cúmulo de gilipolleces con las que han ido insultando a la inteligencia los candidatos a ser tratados de ’excelentísimos señores’ o ‘señorías (tampoco te apunto esta paradoja).

Paradoja 5: calificas la deuda pública como tan astronómica que nos hace muy vulnerables; cuando hace unos cinco años, en una artículo titulado “¿de verdad es insostenible la deuda pública?” (que también encontré muy inspirador –¡qué le voy a hacer!: echa al El Correo la culpa de que te lea, por publicarte a tercio superior de una página poco anterior a las noticias del Athletic)— decías que el nivel de endeudamiento de entonces (93,4%: un puñadete de puntos menos que la actual) era “relativamente cómodo”, y que si convenía bajarla era para que los inversores extranjeros no retirasen su confianza en España. Claro que entonces gobernaba el PP.  Y uno se pregunta: ¿tendrá Manfred un cierto sesgo? Perdón por la ironía.

Por cierto: ¿confianza en España? Si tienes tan poca como expresas, es que la tienes en cambio en que los guiris sean esencialmente tontos del culo (paradoja 6, cuando se confronta con la confianza que depositas en la UE en otras ocasiones).

Si en algo alivia el siguiente párrafo es por la sonrisa que provoca la condescendencia con la que otorgas comprensión a quienes se indignan por la corrupción; a ver si no: “se ha votado con el castigo, lo que parece comprensible”, “la corrupción es un pecado que desata tarde o pronto las iras de los ciudadanos y se halla tan generalizada que solo los recién llegados se hallan libres de él”. ¿Confianza en España, dices? Hala pues, Bautista: ¡apaga y vámonos!, que sobre corrupción por jodidos hemos de darnos. ¿Le damos el número 7? Venga, y paro ya. Por cierto: una perla, la frase “lo que se adjudicó en su día a Podemos, vale hoy para Vox”, aunque no hay otra postura que la haga paradójica.

Quizá sea conveniente una humildad mayor al calificar a otros periódicos como “de barriada”, lejanos del rigor informativo que adjudicas los medios escritos “en general”.

 

Todo lo demás

La inocente Greta Thunberg pronunció en Davos un discurso de tres minutos muy por encima de lo que sistema político, por su propia estructura, puede comprender. Es imposible que un sistema fundamentado en los intereses particulares, y levantado a base de agrupaciones sucesivas de ellos, se aproxime siquiera a ver más allá de esos intereses; y ¿cómo podría afrontar lo que no ve? Irremediablemente caerá por el agujero que no vio.

Destaco del discurso algunas frases dedicadas a la política: “tenéis miedo de ser impopulares”, “no sois lo suficientemente maduros para decir las cosas como son”. Creo que ningún político se atreve a decir “la cruda y fría realidad”, que es más profunda que la que refieres en tu artículo. En este sistema que llamamos democracia, decir lo que hay sería un suicidio político. No hay salida buena. Como dice Greta, “lo único sensato es tirar del freno de emergencia”; pero es impensable que un partido político proponga hacerlo porque ello conllevaría un cambio en la asignación de recursos dramático e inasumible desde una mirada interesada, miope. Un partido político que proclamase la emergencia civilizacional que afrontamos sin contar con amplio respaldo de otros partidos estaría cometiendo un suicidio. En vez de ello, pues, nos otorgamos derechos y seguridades que dudosamente somos quiénes para otorgarnos, a costa de una deuda creciente y (nueva paradoja) cebando el sistema, pues obliga al permanente crecimiento económico y refuerza la posición de la banca.

Solo desde una visión globalmente compartida podría abordarse semejante empresa. Sin embargo, esto que hemos convenido en llamar democracia consagra la mirada a corto plazo. La cruda y fría realidad es que la democracia es absolutamente incapaz de afrontar la degeneración no ya de este país, sino de esta civilización miope, presidida por eso que hemos convenido en llamar Economía (con mayúscula por denominación convenida y en cursiva por falaz) , que traslada su miopía a la política –como decía Daly, una economía antieconómica. Solo una mirada compartida comprensiva (amplia, abarcante) puede comprender un asunto compartido y complejo.

“Estáis robando el futuro a vuestros hijos”, titulan el discurso de Greta. La esencia de la sostenibilidad vivir es de las rentas del ecosistema, sin desgastar su base, que las posibilita –¿cómo es que se ve tan clara la necesidad de amortización en microeconomía pero no comprendamos que moacreconómicamente también debería operar? En cambio, casi todo lo que sabemos hacer es lo opuesto: endeudarnos, es decir, tomar prestado del futuro recursos esenciales para que la tierra pueda sostenernos sobre sí. Quizá lo importante sea ver, no ya cuáles son esos recursos, sino quién o qué es ese ‘nos’.

Hace falta mirar lo que hay desde una mayor altura que la que solo permite ver el imperativo del crecimiento económico como medio de salir de los problemas. Quizá veamos entonces que el problema es y está en su enunciado. Quizá podríamos comenzar a ver juntos cuál es su fundamento, en vez que seguir portándonos como críos que sólo comprenden la inmediatez. Se puede conseguir: no hay más que mirar a lo que hay desde algo más arriba –“si no escalas la montaña, jamás podrás ver el paisaje” (Neruda). La quinceañera Greta fue capaz de hacerlo porque no ha perdido aún la capacidad de mirar desinteresadamente. Suele empezar a perderse con la pubertad. Una mirada se va haciendo adulta cuando, una vez vistos los intereses particulares, comienza el interminable proceso de refundirlos. Mientras la mirada no se vuelva comprensiva, eso a lo que llamamos ‘política’ o ‘democracia’ no será menos juego de niños que el Monopoly.

La obsesiva mirada al corto plazo impide ver la trascendencia de eso a lo que la autodenominada Economía denomina ‘externalidades’ (incluyendo el medio ambiente, la desertización, la biodiversidad y la diversidad misma –que también es la de miradas al vivir, en grave degeneración), metiendo a nuestra civilización en un callejón sin salida. Mejor sería verlo y, aceptándolo, empezar a prepararnos cuanto antes para la verdadera crisis: la que impone nuestro estilo de vida, al tiempo que lo destruye; la que impone nuestra mirada al mundo, que marca el límite de nuestra capacidad, que es el de nuestra incapacidad. Prepararnos para ello se llama hoy construir resiliencia.

La verdadera paradoja profunda es que veamos que el sistema se desmorona y nos empeñemos en cebarlo en vez de cuestionar los pilares que lo sostienen; y, con ello, nuestra mirada.

Un sincero abrazo,

Alejo

P.D.: Además de reiterarte mi agradecimiento, Manfred, te pido disculpas por haber vuelto a tomar un artículo tuyo para sacar de sus entrañas la misma falsedad que se expresa por doquier; y por haber empleado un tono pelín sarcástico para pasar este buen rato. Confío en que las aceptes y te invito a continuar la conversación con la calma del paseo. Reconozco de antemano algunas de mis propias contradicciones: entre otras, esta camisa vaquera está hecha en la Conchinchina y conduzco un diésel.

N.B.: No creo que desvelar cuál fue mi voto sea relevante. No creo que Podemos pueda solucionar algo –valga como prueba los párrafos sobre el endeudamiento y sobre el suicidio político. Ningún partido puede hacerlo sin un diagnóstico compartido previo. Por otra parte, quizá no haya cosa que solucionar o, al menos, quede fuera de nuestra capacidad el hacerlo; y, en viéndolo, se revela la dicha intrínseca del vivir.

L’incitation

La conscience collective évolue plus lentement que les consciences individuelles. Il faut du temps à l’échelle d­es générations pour que la première puisse assumer les dernières. À chaque moment aujourd’hui, les débats exprimant l’insoutenabilité de notre style de vie collectif se répètent entre des millions de personnes dans le monde entier. Mais, à quelques exceptions près, les choses restent comme elles étaient. Stérile est l’indignation qui conduit à la résignation – c’est bien plus intéressant d’accepter ce qui est sans renoncer et d’essayer d’éviter que le lendemain répète l’aujourd’hui. Résignés aux règles d’une société que nous pensons extérieure à nous, nous pensant incapables de la transformer, notre lendemain est de nouveau comme aujourd’hui et comme tout l’hier qui occupe nos esprits. Souvent, nous vivons entièrement occupés par ce qui est antérieur : notre profession, nos proches, les médecins, les achats, le maintien de nos finances … nous sommes préoccupés par le rendez-vous avec le plombier ou le dentiste, par les dernières nouvelles concernant tel ou tel séisme physique, politique ou socio-économique, par le travail de tel ou tel artiste, sportif ou gourou; par la construction de notre discours; par la rationalisation de l’offense ressentie; occupés à meubler notre temps… de loisir?, libre? Collèges, universités, emplois, couples, rôles, retraite… soucieux que notre avenir soit comme il faut, pour éliminer l’insécurité et, ce faisant, pour fixer nos frontières. Et quand nous avons du ‘temps libre’ (ergo: non esclave), nous nous employons à le remplir de lectures, de films, de télévision… de la distraction, sans laisser de place au silence, à l’occupation sur ce qui est là, devant nous. Nous vivons dans le rôle que nous assumons, qui est notre prison : à partir de cela, nous regardons le monde et l’interprétons. Nous vivons préoccupés (pré-occupés); et dans ce qui était auparavant occupé (dans les affaires), il n’y a pas de place pour une nouvelle occupation. Nous sommes occupés à maintenir le système de vérités qui nous tient encore. L’abandonner nous semble un plongeon dans l’abîme. Bénie soit l’abîme.

Le vrai loisir (otium) ne touche pas à la distraction : c’est le temps de l’écriture, de l’étude, de la philosophie, de la floraison, comme dit par Sénèque et Cicéron1. Distraits nous vivons toute la journée sans voir ce qui se passe au moment même où nous y sommes confrontés. Le loisir, en revanche, est remarquable par son absence : il n’y a pas de place pour l’otium là où les préoccupations existent. Il n’y a pas de présence dans le bruit qui remplit un esprit préoccupé. La présence est dans le silence, dans le otium. La vie s’expresse dans l’otium, pas dans le nec-otium. Aucun espèce que les humains vive dans le nec-otium. Vivant dans le nec-otium, il n’y a pas de place pour son contraire. Béni soit l’otium.

L’âme d’un individu ne peut être soumise à des cultures, des traditions ou des pays, mais doit toujours émerger, fraîche, de la véracité de soi et d’au-delà de celle-ci, afin de pas se soumettre à des limites dans le temps ou dans l’espace. La culture n’est pas le passé. La culture est le fait de cultiver, de s’épanouir, d’apprendre. Le passé n’est culture que dans la mesure où il sert à vivre, à apprendre à vivre.

Nous pensons que nous voyons ; cependant nous ne voyons pas ce qu’il y a, mais plutôt ce que notre regard englobe. Notre regard est le fruit de notre préoccupation. Nous voyons ce que notre préoccupation – qui est notre passé – nous permet de voir ; et nous l’interprétons selon son arrangement dans notre système de pensées. Nous lui donnons des noms et des adjectifs pour le conceptualiser, l’étiqueter d’une manière telle qui nous le comprenons, incapables de voir sans juger. Nous regardons ce qu’il y a du point de vue de notre regard, et, comme ça, nous ne voyons que notre reflet. Nous persistons à essayer de convaincre l’autre que la réalité est seulement ce que nous voyons. Notre monde est notre regard. Si le regard ne change pas, comment le monde pourrait-il changer?

Les manifestations de conflit se multiplient : phénomènes météorologiques extrêmes, migrations massives, guerres, luttes pour maîtriser les ressources de plus en plus rares, pauvreté, tensions politiques, nationalismes régionaux ou étatiques, batailles de marché … Les manifestations de conflit sont diverses, mais le conflit est un et unique, lié à notre regard, à notre façon de voir ce qui se passe ou, à sa place, la projection de nos préjugés. Conflit, donc négociation, entre théorie et pratique ; entre ce que nous voyons, ce que nous pensons ou ressentons, ce que nous disons et ce que nous faisons ; entre ce que nous voulons et ce que nous sommes ou ce qu’il y a ; entre ce que l’un voit et ce que l’autre voit. Conflit de pouvoir entre voisins, peuples, régions, pays et continents ; entre collègues, concurrents, entreprises, idéologies ; entre les intérêts pour maintenir ce qui nous maintient … Nous sommes notre regard. Tant que nous ne levons pas les yeux autant que nécessaire, nous ne verrons ni la partialité de l’autre ni la nôtre. Nous ne serons pas à même de comprendre que le seul tort d’autrui serai de partager le notre, c’est a dire, d’envisager la réalité que d’un seule angle, différent bien sûr de celui duquel nous l’envisageons, si est qu’il y a une réalité. Nous ne verrons pas la prison dans laquelle nous vivons, à partir de laquelle nous regardons le monde. Nous n’aurons pas une vision globale, inclusive et accueillante de ‘l’autre’. Dans une vue non globale, ce qui est vu est séparé de ce qui n’est pas vu, ce qui est notre monde de ce qui ne l’est pas, et ne peut pas l’être parce que nous ne le voyons pas. Plus nous élèverons notre regard, plus il sera complet, car moins de choses resteront étrangères à sa compréhension. Le conflit ne peut cesser que dans l’abolition des partis-pris.

Quand nous arrivons à comprendre que nous devons laisser la place à d’autres intérêts, nous négocions. Sous une vue partielle, le seul moyen possible d’évoluer avec une certaine harmonie est la négociation. C’est-à-dire : mes intérêts sont ceux-ci, les vôtres sont ceux-là, alors voyons à quel point intermédiaire nous arrivons, cédant les deux côtés dans nos revendications déclarées. Mais, pour approcher le point d’accord, nous déclarons tout ce qui n’est pas indéniable, tout ce qui pourrait être possible. Dans la négociation, il y a toujours de la place pour la tromperie. La négociation a lieu entre nations, entre régions, entre villes, groupes sociaux, entreprises, groupes politiques, ONGs, membres de la famille … La négociation devient le moyen d’évolution le moins non-durable pour notre vision du monde; mais elle a pour résultat la certitude que la insoutenabilité de demain sera plus grande que celle d’aujourd’hui.

La négociation est un acte humain, pas une loi naturelle : aucune espèce ne vit en négociation, car aucune espèce ne vit pas dans le nec-otium. Une négociation réussie, si une telle chose existe, n’est souscrite que par les parties de la négociation. Le sujet qui n’a pas participé à l’accord d’une négociation sera probablement lésé. Dans une Economie incapable d’inclure toutes les ressources, beaucoup de choses sont laissées de côté dans la négociation : personne ne traite des ressources que l’Economie, incapable de les prendre en compte, regroupe sous le concept d’externalités. La laitue, l’escargot, l’eau, l’air, les générations suivantes … ne peuvent pas s’exprimer dans une négociation. Cependant, ils sont affectés par les résultats ; et, à travers eux, les humaines sommes affectés à nouveau, à plus long terme. Ainsi, même si les négociations aboutissent apparemment, elles pourront difficilement aboutir en vérité, car elles partent de la myopie : soit dans le temps, soit dans l’espace, elles ne considèrent que les proches. La négociation ne pourrait pas comprendre ceux qui sont plus loin ou plus tard, parce qu’ils ne peuvent même pas être vus, notre vision du monde étant myope.

La vie se vit en éprouvant sans cesse la nouveauté, par des essais et des erreurs continuelles, même dans des délais incompréhensibles pour notre capacité de perception très limitée. La vie ne peut probablement pas compter sur notre espèce pour continuer à vivre elle-même ; mais ce qui est certain, c’est que sur cette Civilisation des Affaires elle ne pourra plus compter. Mais, tout comme une maladie est une bénédiction qui permet à la vie de continuer à apprendre, notre espèce et notre civilisation aura été une merveille qui aura permis à la vie de découvrir que le nouveau devra vaincre, au moins, l’existence d’intérêts particuliers ; et tout au plus, l’égoïsme, le regard partial. La conscience de soi, qui a fondé il y a 40 000 ans la naissance de l’homo sapiens-sapiens, est aussi notre tombeau glorieux. Béni soit l’effondrement.

En regardant le monde à partir de notre rôle, nous ne voyons pas ce qui se passe, mais nous l’interprétons à partir de ce qui nous soutient. En regardant le monde depuis l’hier, il n’y a pas de présence, il n’y a pas d’aujourd’hui, il n’y a pas de nouveauté, il n’y a pas d’otium, il n’y a pas d’innovation. Il y a répétition. Nous négocions dans la mesure du possible pour maintenir nos sources de sécurité, car nous n’acceptons pas l’incertitude ; et quand il n’est pas possible de négocier, nous nous imposons à d’autres ou nous nous résignons à ce qui nous est imposé, sans l’accepter. Si nous agissons pour éviter ou rejeter ce qui nous est imposé, il n’y a pas d’action : il y a réaction. Dans la réaction le passé est réaffirmé, il n’y a pas de nouveauté. Nous réaffirmons le système qui nous maintient lorsque nous fermons la porte à l’insécurité, et ainsi nous le perpétuons. Incertitude omniprésente, éternelle, nécessaire, bénie, que nous avons l’intention de nier, sans succès. Sans elle, la vie ne pourrait jamais apprendre de soi même.

Au-delà de la négociation, la conversation émerge. Beau mot, conversation. Dérivé du latin versare, qui indique un mouvement (virage, changement, rotation), et du préfixe con– indiquant ‘en compagnie’. Converser est donc avancer ensemble. Ce n’est pas pour dialoguer (étym.: parler rationnellement), ni pour échanger des opinions, convaincre ou persuader. Il ne s’agit pas de confronter des arguments afin de parvenir à un accord final. Converser est avancer ensemble sur tout le processus d’expression. Lors d’une conversation, il n’y a pas de place pour la tromperie. La conversation a lieu à tout moment dans la mesure où elle ne trouve aucun empêchement. S’il y a des intérêts particuliers à gagner en performance ou en avantage (pouvoir, argent, reconnaissance, pitié, etc.), ou des préjugés qui empêchent de voir ce qui se manifeste comme quelque chose de nouveau, il n’y a pas de conversation.

Nous craignons : le changement climatique, la désertification, la perte de ressources. Nous avons peur du nationalisme, des événements stupides de lanceurs de roquettes, de magnats ou de tout autre politicien ’du jour’; des marchés, de la perte d’emplois, de l’insécurité du demain, de la maladie … Craintifs, nous nous efforçons de maintenir ce qui nous maintient, et seule une débâcle pourrait faire en sorte que demain soit différent d’aujourd’hui. Là où se trouve un arbre, aucun nouvel arbre ne peut naître. Là où se trouve l’ancien, le nouveau ne peut pas naître.

Incapables d’agir librement, on ne peut que répéter l’hier. Tout en proclamant son infaisabilité, nous contribuons à le maintenir. Nous faisons tout notre possible pour ‘gagner notre vie’ même si nous contribuons à l’empêcher, à la nier, à maintenir ce qui nous maintient, en engraissant le système que nous abhorrons ; à garder notre sécurité, prisonniers d’un passé que nous appelons culture, dans laquelle nous incluons certains droits que nous nous sommes attribués sans savoir qui nous sommes pour nous l’octroyer. Prisonniers d’une Economie (avec un «é» capital pour être une dénomination consensuelle et en italique pour fallacieux) qui a radicalement échoué parce qu’elle n’est pas complète (holistique), incapable qu’elle est de supposer que seule la vie peut être globale, de sorte que seule la vie peut s’exprimer économiquement (de «économie» en minuscule, en tant que loi naturelle à laquelle l’Economie a l’intention de s’approcher, sans y réussir). Prisonniers d’une Economie non économique. Bénie soit l’économie.

Dans son évolution, l’Economie de la modernité détruit la résilience. Dans le processus de concentration que cela implique nécessairement – suite à sa myopie -, elle a détruit la capacité des personnes à maîtriser leur vie en mettant fin à la diversité des professions, à la vie rurale, à la richesse des sols, à la stabilité du climat, à la diversité des plantes et des espèces animales, à la diversité des manières de comprendre la vie : à la diversité des regards. La civilisation occidentale, qui a prospéré sur les plans de la démocratie, de la connaissance et de la diversité, est déjà en train de dégénérer clairement en raison de son appauvrissement. Comme toute manifestation de la vie, comme tout ce qui est unité en soi ainsi que partie d’autre chose plus compréhensive, cette civilisation est née, a grandi et est en train de dégénérer, avant de mourir. Bénie soit la mort. Sans cela, nous serions toujours des protozoaires. Sans cela, chaque jour est hier.

Nous savons que les conventions portant le nom d’États-nations entravent la conversation, quelles que soient leurs frontières ; que les élites ne vont pas la promouvoir ; et que ce que nous avons indûment appelé la démocratie est absolument incapable de faire face aux menaces sérieuses qui, déjà par elles-mêmes, et plus encore lorsqu’elles sont accumulées, représentent les traces d’un monde chaotique. Compter sur un changement extérieur à chacun pour nous sauver est une pure illusion. Refuser d’accepter que l’humanité ne puisse pas compter sur notre civilisation est aussi illusoire que de croire que nous ne mourrons pas.

Une transformation radicale ne peut se produire que par la véracité de nos modes de vie, sans prétendre être un modèle ou convaincre, être une autorité ou la suivre, chercher à sauver quoi que ce soit, car il n’y a rien à sauver ; de l’action pure, pas du réactif ; être le monde que nous disons que nous voulons.

La nouveauté issue de l’effondrement enregistrera ce que nous avons été et intégrera ce que nous avons appris, car c’est la vie qui l’aura appris à travers nous –voilà notre mission dans la vie : être instruments de son propre apprentissage. Ce qui dépend de nous, ce n’est pas de l’éviter, mais de prendre soin de la terre pour que la nouveauté puisse germer de graines saines. Aucune autre mission ne pourrait être plus méritante, plus enrichissante, plus belle et plus joyeuse.

Effondrement béni, abîme béni, devant lequel aucune solution partielle n’a de sens. Bénie soit l’incertitude, qui sommes-nous pour la refuser ? Bénie soit la mort, qui laisse place à la nouveauté. Mourir chaque nuit et renaître chaque matin, se questionner continuellement, laisser que le vieux meure pour que la nouveauté puisse émerger. Il n’y a pas de vie dans la répétition. Vivre est embrasser la mort.

1 Sénèque, De la brieveté de la vie, XIV, 1 ; Cicéron, Plaidoyer pour Plancus, XXVII, 66. En : Leblond, C. et Ferreira, F. (2012) L’otium : loisirs et plaisirs dans le monde romain. De l’objet personnel à l’équipement public. [www] www.orient-mediterranee.com/IMG/pdf/Otium.pdf (Visité 7/12/2018)

The incitement

Collective awareness evolves more slowly than individual awarenesses. It takes time on a generational scale for the former to assume the latters. Nowadays, talks expressing the unviability of our collective lifestyle are repeated to millions throughout the world during the 1,440 minutes of the day; but, with few exceptions, things remain as they were. Sterile is the indignation that leads to resignation –far more interesting is its opposite: to accept what is in fact, without giving up trying to avoid a tomorrow that repeats the today. Resigned to the rules of a society that we think external to us, thinking ourselves incapable of transforming it, our next day is again like today and like all the yesterday that occupies our minds. We live entirely occupied in what is previous: our profession, relatives, doctors, procurements, maintenance of our finances…; to call the plumber or the dentist, to know the latest about this or that physical, political or socioeconomic earthquake, or about the work of this or that artist, athlete or guru; in building our preaching, in rationalizing the felt offense; occupied even in occupying our… leisure time?, free time? Colleges, universities, employment, couples, roles, retirement … concerned on our tomorrow to be comme-il-faut, to eliminate insecurity and, consequently  to set our borders. And when we have ‘free time’ (ergo: not slave), we occupy ourselves on filling it with readings, movies, television … in distraction, without leaving space for silence, for occupation on what simply is. We live in the role we assume, which is our prison: from it we look at the world and interpret it. We live preoccupied (pre-busy); and in what is previously busy (in business), there is no room for any new occupation. We are busy in maintaining the system of truths that keeps us still on. Giving it up seems us like a plunge into the abyss. Blessed abyss.

leisureLeisure is not distraction. Distracted we live all day, without seeing what is in the very moment that we face. Leisure, on the other hand, is conspicuous by its absence: there is no room for leisure where concern exists. There is no presence in the noise that fills a preoccupied mind. Presence is in silence, in leisure. While living in business all day every day, there is no room for its opposite. Blessed leisure.

Krishnamurti when you call yourselfThe soul of an individual can not be subject to cultures, traditions or countries, but should always emerge fresh, from the veracity of oneself and from beyond the one, so that it does not submit to limits in time or space. Culture is not the past; culture is the fact of cultivating, of flourishing, of learning. The past is culture only insofar as it serves to learning.

We think that we see but we do not see what there is, but rather what our gaze encompasses. Our gaze is the fruit of our concern. We see what our concern –which is our past— allows us to see; and we interpret it according to its fitting into our system of thoughts. We give to it nouns and adjectives to conceptualize it, to label it in a way that fits our gaze, unable to see without judging. We look at what there is, each from the perspective of his gaze, and we persist in trying to convince the other that what there is is exclusively what we see. One’s world is one’s gaze. If the gaze does not change, how could the world change? Further, why do we assume that we should change it?

Krishnamurti engkishThe manifestations of conflict multiply: extreme weather phenomena, massive migrations, wars, struggles to control the increasingly scarce resources, poverty, political tensions, national or state nationalisms, ‘market’ battles … Manifestations of conflict are diverse, but conflict is one and unique, and is linked to our gaze, to our way of seeing what happens or, in its place, what our prejudices project. Conflict between theory and practice; between what we see, what we think or feel, what we say and what we do; between what we want and what we are or what there is; between what the one sees and what the other sees. Conflict over power among neighbors, peoples, regions, countries, continents; between colleagues, competitors, companies, ideologies; between interests to maintain what keeps us… We are our gaze. As long as we do not raise our gaze the necessary steps up, we will not see the integrity of the other nor our own, or understand that it is not that the other is wrong, but that he is seeing another face of the same reality, if such a thing exists. We will not see the prison in which we live, from which we look at the world. We will not see with a comprehensive, inclusive, welcoming view of ‘the other’. In a non-comprehensive view what is seen is separated from what is not seen; what is the world of one from what is not, nor can it be because it is not even seen. The more we climb up, the more comprehensive our gaze will be, because less will be left out of it. Only between non-parties the conflict ceases.

negociaciónWhen we come to assume that we must leave room for other interests, we negotiate. Under a partial view the only possible way to evolve with a certain harmony is negotiation. That is to say: my interests are these, yours are those, so let’s see to which intermediate point we arrive to, yielding both sides in our declared claims. But, in order to bring the agreement point close to our interest, we declare anything that is not undeniable, anything that could ever be possible. In negotiation there is room for deception. Negotiation occurs between nations, between regions, between cities, social groups, companies, political groups, NGOs, relatives … Negotiation becomes the least unsustainable way of evolution for our way of seeing the world, and its result is the certainty that tomorrow’s unsustainability will be bigger than today’s.

Negotiation is a human act, not a natural law: no species lives in negotiation. A successful negotiation, if such a thing exists, is only subscribed by the negotiating parties. The subject who has not participated in the agreement to which a negotiation may arrive will probably be harmed. In a non-comprehensive economy, much is left out of the negotiation: nobody deals with the resources that the so-called Economy, unable to consider them, groups under the concept of ‘externalities’. The lettuce, the snail, the water, the air, the following generations … cannot be express themselves in a negotiation. However, they are affected by their results; and, through them, we are all affected again in the longer term. Thus, even if negotiations come to fruition, they can hardly be successful, because they raise up from myopia: either in time or space, they only consider those who are close. They could not consider those who are farther away or later, because they cannot even be seen, when our world view is myopic.

Life lives herself by incessantly testing novelty, through a continuous trial-and-error, even in time lapses that are incomprehensible for our limited capacity of perception. Life can probably not count long on our species to continue living herself; but what is certain is that this Business Civilization is already out of the equation. Just as disease is a blessing that allows life to continue learning, our species or our civilization will have been a wonder that will have allowed life to discover that the new will have to overcome, at the least, the existence of particular interests; and, at the most, the selfity. The self-consciousness, which founded some 40,000 years ago the birth of homo sapiens-sapiens, is also our glorious tomb. Blessed collapse.

Looking at the world from our role, we do not see what happens, but we interpret it from what sustains us. Looking at the world from our yesterday there is no presence, there is no today, there is no novelty, there is no leisure, there is no innovation. There is repetition. We negotiate while we can to maintain our sources of security, because we do not accept the uncertainty; and when it is not possible to negotiate, we impose or resign ourselves to what is imposed on us, without accepting it. If we act to avoid or reject what is imposed on us, there is no action: there is reaction. In the reaction the past is reaffirmed, there is no novelty. We reaffirm the system that keeps us when we close the door to insecurity, and so we perpetuate it. Omnipresent, everlasting, necessary, blessed uncertainty that we unsuccessfully intend to deny. Without it, life would not capable of learning from herself.

conversemos-puesBeyond negotiation, conversation emerges. Nice word, conversation. Derived from the Latin versare, which indicates movement (turn, change, spin), and the prefix con-, indicating ‘in company’. To converse is, then, to move together. It is not to dialogue (etim.: speechify rationally), or to exchange opinions, convince or persuade. It is not about confronting arguments so that an agreement can be reached at the end. To converse is to move together all along the expression process. In conversation there is no room for deception. Conversation occurs at all times insofar as it finds no impediment. If there are particular interests to gain performance or advantage in any way (money, recognition, pity, or any other), or prejudices that prevent seeing what is manifested as something new, then there is no conversation.

We fear: climate change, desertification, loss of resources. We are afraid of nationalism, of the stupid occurrences of rocketmen, magnates or whatever politicians ‘of the day’; of markets, of the loss of employment, of tomorrow’s insecurity, of disease … Fearful, we give ourselves to maintain what keeps us, and so only a debacle could make tomorrow different from today. Where a tree lies, no new one can be born. Where the old lies, the new can not be born.

Unable to act freely, we can only repeat the yesterday. While we proclaim its infeasibility, we contribute to maintain it. We do our utmost to earn our livings even if what we do contributes to preventing it from expressing novelty; to maintain what keeps us on, fattening the system that we abhor; to keep our security, prisoners of a past that we call culture, in which we include some rights that we have attributed without being who to do it. Prisoners of an Economy (with a capital ‘e’ for being a consensual denomination and in italics for fallacious) radically failed for not being comprehensive (holistic), unable to assume that only life can be comprehensive, so only life can express economically (from ‘economy’ in a lowercase, as a natural law to which the Economy intends to approach, without achieving it). Prisoners of an uneconomic Economy. Blessed economy.

resilienciaIn its evolution, the Economy of modernity destroys resilience. In the process of concentration that necessarily entails -for its myopia-, it has destroyed the capacity of people to master their lives, by putting an end to the diversity of professions, to rural life, to the richness of the soil, to climate stability, to the diversity of plants and animal species, of ways of understanding life: to the diversity of gazes. Western civilization, which flourished in terms of democracy, knowledge and diversity, is already in a clear process of degeneration due to impoverishment. As every manifestation of life; as everything that is a unit itself as well as part of something greater, this civilization was born, grew and is now in the process of degeneration, before dying. Blessed death. Without it, we would still be protozoa. Without it, every today is yesterday.

trump international_3We well know that conventions with the name of nation-states impede conversation, whatever their borders; that the elites are not going to promote it; and that what we have unduly convened to call Democracy (capital case and italics) is absolutely incapable of dealing with the serious threats that, already by themselves, and more so when accumulated, paint the traces of a chaotic world. To rely on an external change to ‘save us’ is pure illusion. Refusing to accept that humanity cannot count on our civilization is as illusory as believing that one should not die.

abismoRadical transformation can only happen from the veracity of our lifestyles; without pretending to be a model or to convince, to be an authority or to follow one, to seek to save anything, because there is nothing to save; from pure action, not reactive; being the world that we say we want.

The novelty sprouting from collapse will keep record of what has been and will integrate what has learned. What depends on us is not to avoid it, but to take care of the earth so that the novelty can sprout from healthy seeds. No other mission could possibly be worthier, more enriching, more beautiful and more joyfully compassionate.

Fromm insecurity.jpgBlessed collapse, blessed abyss, before which no partial fix makes sense. Blessed uncertainty, who are we to deny it? Blessed death, which leaves room for the new. To die every night and to be born again every morning, continuously questioning ourselves, dying at every moment for living its fullness, allowing life to express novelty.

Blessed life.