21/9/2011: “Crédito cancerígeno”

CRÉDITO CANCERÍGENO

 Acabo de escribir esto en las conclusiones de un informe sobre el tren de alta velocidad.

 Uno puede especular sobre los indicios a los que conducen esta gran disparidad entre la lógica y la actitud política, y que apuntan a un modelo de desarrollo insostenible.

En España, la crisis hipotecaria fue impulsada por productos financieros que facilitaron la especulación inmobiliaria mientras había dinero barato y abundante, provocando un fuerte endeudamiento de la mayoría de los ciudadanos. El crecimiento incesante de las burbujas financiera e inmobiliaria, generó la falsa creencia de que se estaba produciendo un enriquecimiento real y generalizado, que extendió el veneno de la especulación por toda la sociedad (Ordóñez 2008). Como la historia demuestra consistentemente, el único destino posible de la especulación es la crisis, ésta en proporción de aquélla.

En la economía occidental, el paradigma del crecimiento económico preside las manifestaciones y objetivos de la mayoría de los políticos. El crecimiento económico es indispensable para un sistema basado en el capital, puesto que la remuneración de éste son los intereses financieros y para que éstos no decaigan es imprescindible el endeudamiento creciente que los poderes financieros han estado promoviendo durante las últimas décadas. Quien se endeuda asume indirectamente que el día de mañana va a tener dinero suficiente para pagar lo que hoy no puede, es decir, que va a crecer económicamente. Una economía sin crecimiento es incompatible con un sistema monetario basado en la deuda (Moore 2010).

De forma paralela, el gran beneficiado por el enorme endeudamiento al que conduce la expansión del TAV, más allá de políticos y empresarios con visiones cortoplacistas, es el capital financiero, que promueve la expansión del crédito y para ello necesita potenciar el crecimiento del consumo y la inversión. Al no encontrar garantías para la recuperación del crédito en la economía privada, lo orienta hacia las economías estatales. Éstas, sin embargo, llevan tiempo mostrando su incapacidad para afrontar semejantes niveles de endeudamiento.

Son muchos los economistas que han advertido sobre la imposibilidad del crecimiento económico ilimitado. Daly (1972) proponía un desarrollo socialmente benévolo, en las direcciones de la escala pequeña, la descentralización y la mayor duración de los productos con un ratio bajo de destrucción de recursos naturales mantenida dentro de los límites regenerativos de los ecosistemas. También hablaba Daly (1977) de cambiar el axioma ‘cuanto más mejor’ con el más juicioso ‘lo suficiente es el óptimo’. Definió una ‘economía estacionaria’ como aquélla con niveles constantes de personas y artefactos, mantenidos a un nivel deseable y suficiente. Un siglo y cuarto antes, J.S. Mill (1848) avisó que la acumulación no podía ser ilimitada. J.M.  Keynes (1935) proclamó la necesidad de movernos hacia bienes de más valor que el dinero, y que la dificultad para el cambio no está en encontrar nuevas ideas, sino en escapar de las antiguas. J.K. Galbraith (1956) vaticinó que la acumulación de bienes tenía que dejar paso a la calidad de vida que éstos pueden proporcionar. E.N. Schumacher (1989) constataba la evidencia de la imposibilidad de un crecimiento ilimitado en un mundo finito, y J. Quelch la de que el patrón de consumo masivo de los 90 necesariamente debía ser revisada (Peck 2008).

Sin embargo, cuarenta años después de las propuestas de Herman Daly seguimos sin un modelo macroeconómico viable en el que se puedan alcanzar estas condiciones. Ninguno de los modelos existentes toma íntegramente en consideración la dependencia de la Macroeconomía en las variables ecológicas. El imperativo del crecimiento sigue modelando la economía moderna, debilitando las regulaciones y promoviendo la proliferación de productos financieros como mecanismo esencial para estimular el crecimiento del consumo (Jackson 2009). Este modelo siempre fue imposible ecológicamente, y hace años que se está demostrando serlo también económicamente (Jackson 2009). Una economía basada en el crecimiento del Mercado, medida en PIB, carece ya de sentido si no integra las externalidades sociales y medioambientales, positivas y negativas (Costanza 2009).

La crisis financiera no ocurrió por casos de mala práctica económica aislados, sino por la estimulación del crecimiento promovida por el endeudamiento creciente, que en el mundo rico no guarda relación con la prosperidad real (Jackson 2009). El modelo económico convencional asume que la mejor forma de mejorar el bienestar es mediante el crecimiento en el consumo medido en el PIB (Costanza 2009). Sin embargo, el crecimiento por encima de ciertos límites cambia los patrones de consumo aumentando el de ‘bienes posicionales’ (como coches y casas de ‘alto standing’) en perjuicio de bienes y servicios basados en los capitales natural y social. De esta forma, aumenta el consumo de recursos básicos, que se encarecen, alimentando la desigualdad y reduciendo el bienestar social no sólo para los pobres, sino para todo el espectro de ingresos (Frank 2007).

A nivel microeconómico, la globalización ha obligado a las empresas a adoptar criterios de hipereficiencia que crean redes frágiles y simplistas que persiguen los precios bajos y tienen en muy poca consideración los límites medioambientales y sociales; en lugar de una economía resiliente y respetuosa con sus límites, que necesariamente tiende a ser más regional o local (Moore 2010). El Foro Energético Mundial (WEF 2010) afirma que sin un cambio fundamental en la forma de consumir bienes, el mundo afronta un futuro de crisis múltiples e interconectadas que afecta a su propia seguridad. El consumo sostenible es un requisito previo para el cambio.

Sin embargo, tener una visión clara de que el crecimiento ilimitado no es posible no garantiza que sea posible prosperar sin crecimiento. Las economías de mercado hacen fuerte hincapié en la productividad de la mano de obra (Jackson 2009), que lleva a necesitar menos trabajadores para producir el mismo producto. Mientras la economía crezca lo suficiente como para absorber a los trabajadores afectados por el aumento de productividad, la sociedad no percibirá el problema; pero cuando la economía no crece, se produce una espiral de recesión hacia abajo: se pierden trabajos, hay menos dinero en la economía, se produce menos y el gasto público se recorta. Por tanto, el crecimiento puede ser necesario en el sistema capitalista para evitar el colapso. Así, se presenta el dilema: vivimos en un mundo que no puede crecer sin colapsar, gobernado por una economía que necesita crecer para evitar el colapso (Sachs 2008; Vernon 2008; Jackson 2009). El gran reto económico y político del siglo XXI es pues conseguir prosperidad global en un mundo con recursos limitados (WEF 2010), para lo que es imprescindible aprender a escapar del paradigma del crecimiento económico que el servicio al capital financiero impone a nuestra civilización. Como el consultor de Wall Street N. Roubini (2011) apuntaba recientemente que “parece que Karl Marx tenía razón al argumentar que la globalización, la intermediación financiera pierde la cordura y la redistribución de ingresos y riqueza desde el trabajo hacia el capital podrían conducir al capitalismo a la autodestrucción”. Los partidarios del crecimiento económico han defendido la existencia de una ‘curva medioambiental de Kuznets’ que acabaría por revertir el vínculo entre crecimiento económico y degradación medioambiental, pero ésta hipótesis ha sido refutada por la evidencia y largamente superada (ver Etchart 2009b). Se han hecho muchas llamadas a desligar la economía del uso de recursos (ver Etchart 2009a), pero éstos siguen crecientemente siendo tomados prestados del futuro  (SHF 2007; Carpintero 2003). Por otra parte, sobre el argumento de que la tecnologías pueda salvar al mundo del cambio climático, la teoría de la identidad IPAT[1]prueba la alta inverosimilitud de que esto ocurra teniendo en cuenta, para medir el impacto medioambiental, no sólo la tecnología, sino también el crecimiento poblacional y el nivel de consumo global (‘afluencia’) (Ehrlich y Holdren 1971; Ehrlich y Ehrlich 1991; Myers 1997; Raffensperger y Tickner 1999). La ecuación IPAT de Elrich muestra que incluso para conseguir el nivel de 450 ppm de CO2, que la mayoría de autores señalan como muy excesivo, con un crecimiento del 2-3% en el mundo desarrollado y del 5-10% en los países en desarrollo, se necesitarían aumentos en la eficiencia energética 11 veces superiores a los que hemos sido capaces de conseguir hasta hoy (Jules 2010). El discurso sobre la confianza en la tecnología ha demostrado ser demasiado débil como para no aplicar el principio de precaución como se define en la Declaración de Río (PNUMA 1992). Asumir que la propensión del capitalismo a la eficiencia nos protegerá del riesgo climático y de la escasez de recursos es, al menos, extremadamente peligroso.

El crédito es el cáncer de nuestra civilización. Su versión económica conlleva también un endeudamiento ecológico insostenible: para sostener la ilusión del crecimiento económico hemos infligido al planeta más daño que en los 100.000 años precedentes. Estamos tomando prestados de las siguientes generaciones los recursos que a éstas le serán imprescindibles para satisfacer sus necesidades.

 


 

[1] I = PAT: El impacto sobre el planeta (I) de la actividad humana es el producto de tres factores: el tamaño de la población (P), su nivel de afluencia (A) expresado como ingresos per cápita y el estado de la tecnología (T) expresado en términos de impacto sobre el planeta de cada unidad monetaria gastada.

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