Seamos pues conversación, amigo Pablo

La semana pasada, paseando por el monte, crucé algunos mensajes con mi buen amigo Pablo Angulo, que se despidió diciendo que se veía conversando a mi lado pronto –buena expresión, que inspira estas líneas.

Es palabra hermosa, ‘conversar’. Viene del latín versare, que indica movimiento (girar, cambiar, dar vueltas), y la raíz con, que indica en compañía. Conversar es, pues, moverse juntos. No es dialogar (etimológicamente: discursar racionalmente), ni intercambiar opiniones, ni convencer o persuadir. No se trata de enfrentar argumentos para que al final pueda llegarse a un acuerdo. Conversar es moverse juntos, en todo el proceso de expresión. La conversación ocurre en todo momento en tanto en cuanto no encuentra un  impedimento. Si concurren intereses particulares por sacar rendimiento o ventaja en modo alguno (dinero, reconocimiento, lástima, o cualquier otra forma), o bien prejuicios que impiden ver lo que se manifiesta como algo nuevo, entonces no hay conversación.

Universo es, similarmente, el movimiento único que se manifiesta a través de infinitos  organismos, del que los humanos somos sólo un caso, una condensación de energía en determinada forma, como lo son la lechuga, el caracol, los minerales, el agua del mar… No hay tal cosa como seres no vivos, toda materia es viva. Las mismas piedras se oxidan o se sacrifican fundiéndose con otras piedras y organismos, a una velocidad imperceptible para los sentidos del cerebro humano, obedeciendo a la economía con que toda vida se expresa. Se alimentan del aire, la lluvia, la tierra, restos de seres animados… Todas ellas se alimentan entre sí, acogiendo la energía que se desprende del movimiento único.

En la esencia no hay otredad. La ilusión de que somos algo esencialmente individual es una mera creación del cerebro, que genera cúmulos de reacciones químicas a las que llamamos sentidos, que nos hace percibir lo que del universo pueden captar –las plantas, ¿saben?, tienen 18… hasta donde la ciencia llega—, y albergar pensamientos, emociones y sentimientos tan condicionados que no hay en ellos grado alguno de libertad. Condicionados por nuestro pasado, que es el pasado íntegro del universo; por nuestra limitación perceptiva; por el proceso cerebral que  ilusiona el yo separado del movimiento único, y ceba esa ilusión sintiendo tanto agravio como merecimiento, tristeza como júbilo, maldad como bondad, injusticia como justicia… siempre en torno al yo protagonista.

Si somos individuos es sólo accidentalmente, como expresiones de la vida. Sólo como tales expresiones en forma de organismo nacemos y morimos. Lo que muere es la actividad orgánica –particularmente cerebral— que conciencia y fundamenta el yo separado. La vida que a través de nuestros organismos se manifiesta, a través de ellos continúa viviéndose a sí misma: al sacrificarlos los corrompe (los descompone su unidad), los hace tierra, minerales, plantas, gases, seres de nuevo, en su conversación hacia la complejidad. Participando de ella junto con los demás organismos, todos éstos con el sol, éste con la galaxia, y así de forma infinitamente ascendente, lo que descendió se funde en el universo, en la vida, fuera de la cual nada hay. La muerte es tan accidental como el yo. Todo sigue viviendo, la energía se transforma: el cuerpo en materia sólida y en gases. La mente, en otras formas de energía: la memoria de lo vivido, aprendido y acaso pensado, en el campo akhásiko, a disposición de la vida, para que el eterno presente aprenda de sí mismo lo que quiera que en él pueda haber acaecido; la yoidad, por su parte (pensamientos, emociones, sentimientos, interpretaciones sensoriales…), en energía… ¿quizá cargada?  ¿Cuánta energía libera el yo que muere con la muerte orgánica? ¿Cuánta el yo que muere más joven?

El yo puede comprender esto en tanto en cuanto desaparecen toda intención, todo interés, todo prejuicio y juicio, toda pretensión, todo pensamiento… en cuanto se desvanece, siquiera por un instante. No más puede comprender el yo que piensa. En el silencio, presencia permanente, sin ruido mental, sin pensamientos ni emociones elaboradas, sin manifestación del yo, la vida se manifiesta sin miedo, rubor, pudor, humildad ni presunción, vergüenza ni orgullo, ofensa ni defensa…

Si hay un yo que juzgue que así es, puede asentir sin aprehenderlo completamente, sin comprenderlo; porque el yo no aceptará su propia negación. Si hay un yo que juzga que así no es, lo hará en interés de su propia reafirmación. Sin juicio no hay yo. Hay escucha. Hay conversación.

Acompañémonos pues en la conversación y dejemos que en ella brote la novedad.

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