Ejercicio de comprensión.

Este post es esencialmente un ejercicio de comprensión en curso.

Desvelar

La verdad es un concepto, una idea necesaria para nuestro entendimiento. Se muestra en todas las cosas pero no la vemos, porque solo vemos lo que podemos ver, que es lo que nuestra mirada puede comprender, abarcar. Nunca podríamos comprender la verdad porque es necesariamente inabarcable para una capacidad de entendimiento limitada como la humana, pero sí podemos caminar hacia ella. Y, sin embargo, está ahí, presente, sin espacio para un camino, cubierta por los velos que conforman nuestra mirada. Desvelando la incomprensión de nuestra mirada, que es la nuestra propia se atisba luz.

Toda intención va quedando desbaratada.

Juicio y mirada

La comprensión es camino por el que la Vida se manifiesta. Comprender es abarcar. No se puede comprender un asunto cuando solo se ve una parte, porque solo a una parte se mira; cuando no se tienen en cuenta todas las implicaciones del asunto –en particular, siempre que se mira con interés–. La mirada condicionada –en particular: interesada– impide la comprensión.

El juicio revela solo la (in)comprensión del que lo expresa. Lo juzgado permanece inalterado. Carece de sentido sentir ofensa o regocijo si alguien le juzga a uno, pues lo que se manifiesta no es el ente juzgado, sino el criterio del juez. El juez revela en el juicio su entendimiento, que es su comprensión. El rango de validez de un juicio se limita al momento de quien lo emite. Si mi comprensión es limitada, mi juicio también lo es.

Conocimiento y sabiduría

Conocimiento es erudición, no sabiduría. El aferrarse al conocimiento es un obstáculo fundamental para la sabiduría. La sabiduría es fruto del desvelamiento de la ignorancia. La erudición implica distancia (tiempo), la necesaria para el aprendizaje. La sabiduría, en cambio, es inmediata, no hay distancia, porque está ahí, siempre presente. La sabiduría es presente, ahí donde inútilmente, en vez de verla, se busca, acumulando conocimiento y alejándose de ella. Para verla hay que descubrirla, desvelarla, despojarla de todo prejuicio, de toda intención por obtener algo, de todo querer ventaja, ya sea en forma de lástima.

La ciencia no es interesada. Una investigación científica busca respuestas desconocidas. Una investigación sesgada por el interés no es científica por mucho que se haya publicado en una revista académica. La ciencia se encamina hacia la verdad (que ya es presente), descubriendo y revelando nuevos campos de ignorancia; pero no es capaz de comprenderla porque no puede abarcar todas sus implicaciones. Como muestra: ni siquiera los físicos cuánticos comprenden la realidad cuántica, aunque saben que se cumple. La verdad fundamental es incomprensible para la mente humana: va más allá de la conformidad con la razón, que solo puede ir descubriendo su ignorancia. El camino hacia la verdad transciende a la ciencia, incorporándola.

Vida y vidas

Las manifestaciones de la Vida son crecientemente comprensivas (abarcantes), pero solo la Vida es la comprensión propia, porque nada hay más allá y nada queda fuera de ella. Eso a lo que llamamos comprensión es en realidad ‘menor incomprensión’. Las manifestaciones van comprendiendo la profundidad de la Vida. Pero la comprensión propia no ocurre, es un mero concepto, sin manifestación. La incomprensión, en cambio, sí se manifiesta. El camino de comprensión pasa por la incomprensión, de ella aprende. La incomprensión se desvela en una nueva incomprensión, más profunda o esencial. La comprensión transciende a la incomprensión, incorporándola y descubriendo nuevos campos de incomprensión. La comprensión y la incomprensión comparten camino porque son la misma cosa.

La Vida no existe, porque su ser no es desde fuera de ella sino en sí. La Vida es. Las vidas son el acontecer de la Vida. Las vidas sí existen, porque son manifestaciones de la Vida, y por tanto sí hay un fuera-de-ellas (ex-, del griego eks-: desde fuera). El tiempo es el momento histórico del acontecimiento de la Vida, atemporal.

No hay tal cosa como seres vivos y no vivos, sino como expresión de un lenguaje limitado y limitante. Si la autopoiesis es la condición de existencia del ser vivo y el sujeto del vivir no es sino la propia Vida, no hay ente no vivo mientras sea tal ente. Hasta la unidad aparentemente más inanimada es convertida es manifestación de la Vida. La muerte solo lo es del ente, que se dispersa en otras formas de concentración de energía. Toda materia es energía (e=mc2). La Vida abarca toda unidad de materia como energía.

La gravedad es un ley por la que los objetos con masa se atraen atraídos entre sí, efecto mayormente observable en la interacción entre los planetas, galaxias y demás objetos del universo; pero se cumple en toda materia (Newton llamó masa a la materia). Y, puesto que la energía es masa (m=e/c2), también la energía genera y es objeto de la ley de la gravedad.

La sociedad no es material tangible: es una fuerza, una energía, y experimenta por tanto gravedad como lo hace la materia. En un proceso infinito, los grandes poderes cada vez serán más poderosos, a costa de lo pequeños. Las grandes poblaciones cada vez serán más grandes, a costa de las pequeñas. La profesión más generalizada: la prostitución, cada vez lo será más, a costa de la diversidad de visiones y estilos de vida –si uno se prostituye cuando vende su cuerpo, ¿acaso no lo hace cuando vende su tiempo?

Ciertamente, está haciendo falta que se empiece a vislumbrar una suerte de colapso climático para que la sociedad venza su inercia y se convoque un nuevo centro de concentración en torno a la necesidad de cambiar. Dicen por la radio (enero 2020) que, de repente, todos los empresarios reunidos en Davos se han vuelto ecologistas, que han mostrado el cambio climático no ya como su gran preocupación o amenaza, sino (sic.) “como una fuente de excelentes oportunidades de negocio”. Realmente, somos unos niños jugando juegos de niños. No somos serios. Si estamos donde estamos es porque no podríamos estar en otro punto.

Economía

La economía es comprensiva. Algo que no sea comprensivo no puede ser economía, porque necesariamente se comporta a costa lo que no comprende. Solo la Vida es comprensión, luego solo la Vida se comporta económicamente.

La economía no es otra cosa que la gestión de la escasez. Toda manifestación de la Vida es económica cuando encuentra escasez: un río, un árbol, una piedra, se comportan económicamente. El río no se empecina en atravesar la materia más dura en su camino al mar, y considera las afluencias de caudal al establecerlo. El árbol crece buscando luz, nutrientes o cumplir su misión, cooperando con otros seres. El que no supiese ver el comportamiento económico de una piedra no revelaría sino mi incomprensión.

Quizá no se pueda atribuir inteligencia a un río, y quizá tampoco a una persona. Quizá la inteligencia sea una y única, y sinónimo de economía como forma de manifestación de la Vida en todos sus entes y en la relación entre ellos.

Una disciplina humana no puede ser economía por mucho que así la llamemos, máxime cuando es consciente de dejar fuera de su comprensión algo que denomina ‘externalidades’. El medio ambiente, por ejemplo, es una externalidad para la Economía (en mayúscula por denominación convenida y en cursiva por falaz) porque no sabe gestionar su escasez (por ser público y de libre acceso), así que lo consume como si fuera infinito.

Comprender la incomprensión de eso que llamamos Economía invita a trascenderla. Sin un cambio en la comprensión que los humanos tenemos de nosotros mismos y de nuestra relación con el mundo, toda reforma política o económica será inútil o incluso perversa.

Política y democracia

Menos comprensivo es aún esto a lo que llamamos democracia. Su incomprensión se multiplica cuando además en ella media el interés, en el voto o en eso que llamamos la política y que no es tal, sino idiotez –si somos fieles a la etimología griega de ambas palabras. La política se niega a sí misma en la idiotez –en la defensa de intereses particulares, ya se disfracen de máximas sacrosantas–. No cabe esperar solución de la política, pues no se sabe qué problema enfrenta: no puede ver el problema, porque su mirada está enfocada en la justificación de su propia existencia.

La idiotez de los políticos no refleja sino la idiotez colectiva y el limitadísimo alcance de lo que llamamos democracia. En esta, los políticos tratan de obtener votos prometiendo a los idiotas que cumplirán con sus intereses, orientando sus promesas y su acción a grandes grupos de votantes, cuyo argumento para reclamar justicia en forma de equidad es el ganador “somos muchos”. Lo pequeño queda fuera de la ecuación, así que nos agrupamos en defensa de intereses. La sociedad se empobrece por concentración y pérdida de diversidad en las miradas al mundo.

Esto a lo que llamamos democracia es una vulgarización de la incomprensión. Para que la democracia sirviera para abordar un asunto haría falta que lo comprendiese en la medida de lo posible. Carece de sentido votar como idiotas, sin un mínimo de comprensión; menos aún guiados por el fingido y manipulador fervor de otros manifiestos idiotas. Carece de sentido votar por soluciones si no sabemos cuál es el problema de fondo, que subyace a sus manifestaciones. Si lo supiésemos, la gran mayoría de los problemas que creemos graves y urgentes se desvanecerían por su insignificancia. ¿Debería plantearse un conversación (por tanto, desinteresada) para descubrir el reto, al que como grupos sociales nos enfrentamos, antes de votar por un partido político?

A poco que se eleve el punto desde el que miramos a la realidad para enfocar un horizonte más distante, se ven la magnitud, la violencia y la certidumbre del colapso que ya vivimos pero no vemos. Las manifestaciones de conflicto derivadas del aumento de población mundial, de la diferencia entre ricos y pobres, del cambio climático o de la desaparición de especies animales son continuas y crecientes, pero lo que llamamos democracia es incapaz de afrontar estos asuntos porque orienta la política al poder, y este lo otorgan los votos, que no van a quien alerta y actúa sobre una emergencia que no se percibe.

El optimismo es una visión tan sesgada como el pesimismo: ambas impiden ver la realidad, si tal cosa existe –en realidad, la realidad es una mera entelequia, universalmente suplantada por la percepción, en su versión humana–. Aunque las manifestaciones de conflicto son diversas, el conflicto es uno y único, y está ligado a nuestra mirada, a nuestra forma de ver lo que acontece o, en su lugar, lo que nuestras manipuladoras mentes (conjunto de pensamientos, sentimientos, sensaciones y percepciones) proyectan.

Eso a lo que llamamos economía, política y democracia son juegos de niños. También el ecologismo no comprensivo lo es. Todo –ismo es miope en tanto que parcial. El adulto transciende la niñez, incorporando comprensión de la incomprensión infantil, lo que de ella ha aprendido. Nuestra edad en el desarrollo de la especie humana no es mayor de 14 años.

Aprendizaje y transcendencia

La Vida se vive a sí misma aprendiendo, mediante prueba y error. Las vidas son entidades que la Vida lanza al mundo ¿para? pensarse y aprenderse. La Vida aprende a través de sus manifestaciones, aumentando en su solo-aparente devenir (puesto que lo que es no puede cambiar), en escala de tiempo cósmica (kósmica), la profundidad y amplitud de su entendimiento. Salvar al mundo es pretensión banal e irrisoria: todo lo que el mundo acaso necesita es prescindir de nosotros, que, llegados al límite de nuestra (in)competencia, consideramos lo más valioso de él, por su prevalente escasez, como ‘externalidades’. Manda huevos.

En otoño, las hojas de los árboles mueren. Solo así puede el árbol vivir: las hojas se convierten en la tierra que se hace árbol, que se hace hoja, que se hace tierra. El otoño se hace invierno, que se hace primavera, que se hace verano, que se hace otoño, que se hace tierra. El niño se hace joven, que se hace adulto, que se hace viejo, que se hace tierra. La tierra se transforma en otras manifestaciones de vida. Toda manifestación de vida nace, crece, llega una máxima expansión y degenera, hasta desaparecer para dejar paso a lo nuevo, como cada pálpito del corazón. La energía permanece. Todas las manifestaciones de la Vida comparten varios patrones comunes. El evolucionar mediante el sacrificio es otro de ellos. La comprensión transciende a la incomprensión como la Vida a la muerte: superándola e incorporándola.

Comprensión

No hay cosa que salvar. La misión de nuestro tiempo es comprender, para que la Vida aprenda con nosotros. La comprensión conduce a la aceptación y al silencio.

“Si mi agua está contaminada, cuanto más riegue, más contaminaré; y cuanto mejor riegue, mejor contaminaré”. Nos empeñamos en concienciar enfocando la mirada en la importancia asuntos parciales: el cambio climático, la desaparición de especies, el consumo de plástico, la deforestación, la desaparición de la vida rural, el reciclaje de residuos, el trato a mujeres o discapacitados, la importancia de comer o dejar de comer ciertos alimentos, la perversidad de tal o cual empresa o negocio, los padecimientos de tal o cual etnia, país o pueblo, el racismo, la falta de cultura  e innumerables otras manifestaciones del que es, en realidad, el mismo asunto; nos indignamos y acudimos a manifestaciones para que otros (los así llamados ‘políticos’) actúen con urgencia, y cargamos indignados contra ‘el sistema’; pero nuestros estilos de vida continúan cebando, en otras manifestaciones distintas de aquella en la que ponemos nuestro foco, ese sistema que decimos aborrecer. Quizá las campañas de concienciación sobre asuntos parciales sean en el fondo contraproducentes, pues nos hacen creer que algo ‘bueno’ se consigue si el devenir ese asunto cambia de rumbo; cuando el verdadero asunto , mucho más profundo y abarcante, permanece intocado; permitiéndose así que las manifestaciones de insostenibilidad se multipliquen. Si la enfermedad de un árbol está en su raíz, no tiene sentido cortar las ramas feas, porque rebrotarán aquí o allá. Habrá que arrancarlo o talarlo, y dejar que se seque.

Relevancia

La relevancia de la comprensión es fundamental: que la dignidad del vivir le es intrínseca, no funcional: no radica en su ‘para qué’; que no cabe esperar algo de eso a lo que llamamos política o democracia; y que si algo se puede hacer por cambiar el rumbo del devenir no será a iniciativa de quien está cómodo con lo que hay.

El problema de la destrucción de las condiciones para que los humanos y otras muchas formas de vida sigamos habitando la Vida es incomparablemente más importante y apremiante que todos los juegos de niños que rebosan los noticiarios. Esta civilización, negociosa y blacfraidera, llega al límite de su idiotez.

Si se comprendiese el momento que vivimos se entendería que la única política que ahora cabe es cultivar la resiliencia, gestionando el decrecimiento ineludiblemente consecuente; en vez de orientarse al crecimiento económico. Es el único objetivo político plausible frente a un colapso cierto. Esta política no la van a promover quienes están cómodos en esta civilización, presos de una Economía antieconómica que degenera sin remedio. Lo que sí podría hacer la política es reconocer sus propios límites, ver y contar la situación ante la que estamos, promoviendo instituciones que permitan una evolución transformadora y amortigüen la próxima incapacidad las oficiales para hacer frente a sus objetivos.

CONCEPTOS Y REALIDAD

La realidad (la verdad) no existe. Existe la percepción, que es corrrupción de la realidad. Muchos conceptos de virtud no tienen manifestación real en términos absolutos. La sostenibilidad, la justicia, la comprensión o el orden, como tantos otros conceptos de virtud existen, no se manifiestan; lo hacen sus opuestos: la insostenibilidad, la injusticia, la incomprensión, el desorden. Nada es sostenible: toda manifestación de vida, desde los quarks hasta el universo (etim.: movimiento único) sigue el mismo patrón: nace, crece, llega a un máximo, degenera y desaparece, para dejar paso a lo nuevo. Tan ilusorio es pensar que nuestra especie o civilización no han de desaparecer como que uno no ha de morir en cuerpo.

COP25 (escrito al comienzo del evento, diciembre 2020)

Ciertamente, la sociedad es hoy más receptiva a ver la amenaza que para nuestra forma colectiva de vivir supone el cambio climático y percibe que sus causas no distan de las que provocan la creciente desigualdad en riqueza y rentas.

La COP25 es una nueva oportunidad para que esa mayor comprensión conduzca a acciones efectivas para afrontar las causas comunes de esos problemas comunes. Sólo lo conseguirá en la medida en que concurran en ella visiones honestas, libres de idiotez o intereses particulares; es decir: no lo conseguirá.

De lo que hagamos guardará la Vida registro, y con ello aprenderá. Aunque no sea como acción pura, sino como reacción frente a una amenaza, ello servirá para que lo que nos herede tenga aprendido el error de la miopía.

La COP25 es también oportunidad para que veamos en sus resultados los límites de nuestra comprensión. La comprensión de la incomprensión es el camino por el que la vida se manifiesta.

Coronavirus

Y en estas, llega el coronavirus. hoy es lunes 16/3/2020, primer día con estado de alarma de alarma en España. Todo se para.

Todo lo que necesita avanzar para sostenerse, cae al pararse. Como era previsible, el colapso acaece por una vía tan vital como inesperada. Nada volverá a ser igual, y cuantos más recursos se empeñen en ese esfuerzo, tanto más se derrochará. Sin un cambio en la comprensión que los humanos tenemos de nosotros mismos y de nuestra relación con el mundo, toda reforma política o económica será inútil o incluso perversa.

Para ver el diagnóstico de la enfermedad profunda que padece nuestra civilización, de la que la crisis sanitaria es un síntoma, hace falta libertad (La crisis es, eso sí, el síntoma más acuciante hoy, así de violentamente se ha visto forzada la Vida a hacérnosla evidente, ¡y aún no la veremos!). Es inútil exigir a los gobernantes que vean y actúen desde el libre juicio, porque la propia (autodenominada) democracia le priva de ella. Churchill fue capaz de pedir a su pueblo “sangre, sudor y lágrimas” para ganar la guerra… y después perdió las elecciones. Hoy en día no es ya que los gobernantes prefieran perder la guerra si con ello gana unas elecciones, es que ni siquiera se pueden permitir ver, o al menos declarar, quién es el enemigo en esta guerra, PORQUE EL ENEMIGO SOMOS NOSOTROS MISMOS.

Ante la falta de un diagnóstico adecuado, las medidas de reacción son inútiles, incluso perversas. No veremos la profundidad de lo que está ocurriendo.

Lo que acontezca es pura incertidumbre. La única certeza es la incertidumbre, tan cierta como que las manifestaciones de la Vida son inescrutables.

La cadena de compromisos que ‘el sistema’ promete es incumplible en el propio sistema. Al dinero, antes o después, dejará de reconocérsele un valor que no tiene. Hace mucho que su valor no es real, y cada vez se aleja más de serlo: es solo una convención fundada sobre unos pilares que se derrumban por no poder sostener tanta presión.

Resiliencia

Ya líderes como Mahatma Gandhi siguieron la visión que mucho más tarde Gar Alperovitz (2012) llamó reconstrucción evolutiva, como una alternativa superior a la reformas, que son parches, o la revolución. Alperovitz hablaba de destinar las energías para el cambio en la construcción de instituciones nuevas y paralelas a las actuales, a las que acabaría por suplantar sin enfrentarse directamente a ellas. De esta forma, a medida que la vieja infraestructura institucional declina hacia el colapso, las nuevas cubren los huecos que van quedando hasta convertirse en la estructura predominante.

Pues bien, ni se ha hecho ni se hará, porque no se ve, porque no se puede ver, tal es la perfección del sistema. Se seguirá financiando con unos fondos públicos sin liquidez (¿en quiebra técnica, como lo está ya toda la banca tradicional?) unos derechos que, sin ser quiénes para hacerlo, nos hemos otorgado: las colosales pensiones y subvenciones por desempleo, el sistema público de salud, la recuperación del turismo, de la industria automovilística, de la banca… en fin, el mantenimiento de lo que nos mantiene.

La Vida no es justa (ni bella): la Vida es y se vive a sí misma. Eso es todo lo que podemos saber de ella. La justicia, concepto mental y lingüístico occidental, acaso se la asignamos nosotros como un deber moral a cumplir desde una moralidad antropocéntrica, y por tanto, de limitada comprensión. La Vida, claro está, no se da por enterada.

No habiendo el dinero necesario, sistemáticamente se recurre a la deuda; una deuda indevolvible, inserta en un sistema de creación de dinero insostenible, dentro de un mundo ingobernable. Quienes nos sucedan jamás podrán pagarla. A cada generación que pasa, esta certidumbre se hace más evidente, e impone que la resiliencia sustituya al crecimiento económico como patrón-guía de nuestro desarrollo en común, es decir, de la acción política.

En 2015 escribía estas líneas como conclusión a una ponencia:

“No espere solución desde la política institucional: ni se la dará ni se la debe. Depende de cada uno de nosotros.

Esta lectura ha querido ser una invitación a negar la falsedad en la que vivimos, manifestada especialmente en una economía profundamente corrupta y en una sociedad desquiciada, pero arraigada en nuestros propios miedos y la consiguiente búsqueda de una seguridad que es ajena a la Vida. La Vida se sostiene por si sola –es irrisoriamente pretencioso creer que los humanos nos erigiremos en sus salvadores, y menos utilizando para salvarla la misma forma de pensar con la que la estamos dañando. El que cuente con nosotros, de nosotros depende, aunque ciertamente con nuestra civilización no puede contar.

Negando nuestra propia falsedad comienza a asomar la Verdad. En descubriéndola, toda otra intención queda desbaratada, y la acción se funde con la visión en el mismo instante, sin dilación, en cada presente. La Verdad –y no otra cosa o persona— es el único referente para la sostenibilidad; no hay sostenibilidad en la falsedad.

Investigue cada uno su conciencia observando el espejo que son sus comportamientos, o refleje en su conducta su conciencia pretendida. Sólo de ahí pueden nacer nuevas culturas, y sistemas que las alberguen, sean para proporcionar resiliencia o para la vedadera sostenibilidad. Sea cada uno responsable con lo que ve; y si ello implica ABRAZAR LA INCERTIDUMBRE, hágase. Una mente seria, responsable y libre debería ser consciente de que, por encima de cualquier conveniencia, “ver es hacer (Krishnamurti 1967).”

Nunca en la historia ha habido una frecuencia de pandemias como en los últimos 20 años (https://www.visualcapitalist.com/history-of-pandemics-dead…/). Si tenemos prisa por salir de esta crisis para volver a vivir una ilusión disparatada y así precipitarnos hacia la siguiente; si no comprendemos que el universo es un movimiento único; si no miramos inteligentemente a la Inteligencia; si no tomamos conciencia de lo que expresa la Conciencia, toda esta crisis servirá solo para precipitarnos hacia la siguiente, más violenta, y así sucesivamente hasta dejar paso a manifestaciones más comprensivas de la Inteligencia, la Conciencia, el Orden, Dios o el Ahora.

En todo caso, la comprensión y la incomprensión comparten camino. Nada de lo que acontece en nuestro vivir podría haber sido de otra forma.

Poesía

Todo lo que acontece es la inteligencia del Ser, que es el vivirse de la Vida, el siendo del Ser. Nada escapa de ella. Me lo susurran las hierbas que arranco del huerto preparándolo para la plantación de la temporada; ellas, que así mueren como hierbas y pasan a corromperse con otros deshechos y así ser compost, y así ser tierra, y así seguir viviéndose, eternuevamente.

El acontecer de la Vida es la infinita alegoría, inaprehensible para quienes no La conocemos. La alegoría de la Vida se celebra en el acontecer. Surge imperiosa la necesidad de la poesía para expresar la intuición de lo que transciende la razón.

La Vida administra su energía económicamente, con la única visión holística (omicomprensiva) posible. Inteligencia y economía son dos formas de llamar a lo mismo. 

El Ser se manifiesta ocultándose: es en su inaparencia cuando se reconoce su presencia. Pero solo se desvela completa en lo que lo es, en lo que lo conoce porque lo es. Solo lo que se conoce se puede pensar, y solo se puede conocer lo que se es. Así el Ser (la Vida) se piensa, y solo el Ser puede pensarse, porque solo Él puede conocerse. 

Conversación vs. negociación

En 2017 escribía:

“Cuando llegamos a asumir que debemos dejar espacio para que quepan otros intereses, negociamos. En la mirada parcial la única forma posible de evolucionar con cierta armonía es la negociación. Es decir: mis intereses son tales, los tuyos son cuales y vamos a ver a qué punto intermedio llegamos, cediendo ambos en nuestras pretensiones declaradas. Y para arrimar el ascua a nuestra sardina, declaramos todo lo que no resulte innegable, todo lo que ‘pueda colar’. En la negociación hay espacio para el engaño. Se negocia entre naciones, entre regiones, entre ciudades, grupos sociales, empresas, grupos políticos, ONGs, familiares… La negociación se convierte en la vía menos insostenible de evolución para nuestra forma de ver el mundo, y su resultado es la certeza de que la insostenibilidad de mañana será mayor que la de hoy.

La negociación es un acto humano, no una ley natural: ninguna especie vive negociosamente. Una negociación exitosa, si tal cosa existe, solo es suscrita por las partes negociantes. El sujeto que no haya participado en el acuerdo al que pueda llegar una negociación podrá salir perjudicado. En una Economía no comprensiva, mucho es lo que queda fuera de la negociación: nadie se ocupa de los recursos que la Economía, no sabiendo considerarlos, agrupa bajo el concepto de ‘externalidades’. La lechuga, el caracol, el agua, el aire, las siguientes generaciones… no pueden expresarse en una negociación. Sin embargo, ellos quedan afectados por sus resultados; y, a través de ellos, todos volvemos a quedar afectados a un plazo más largo. Luego, por mucho que las negociaciones arriben a buen puerto, nunca pueden ser exitosas, porque comienzan en la miopía: sea en el tiempo o en el espacio, solo considera a quienes están cerca. No podría considerar a los que están más lejos o más tarde, porque ni siquiera puede verlos, si la propia mirada al mundo es miope.

[…] Más allá de la negociación se ofrece la conversación –hermosa palabra. Deriva del latín versare, que indica movimiento (girar, cambiar, dar vueltas), y la raíz con, que indica en compañía. Conversar es, pues, moverse juntos. No es dialogar (etim.: discursar racionalmente), ni intercambiar opiniones, ni convencer o persuadir. No se trata de enfrentar argumentos para que al final pueda llegarse a un acuerdo. Conversar es moverse juntos, en todo el proceso de expresión. En la conversación no hay espacio para el engaño. La conversación ocurre en todo momento en tanto en cuanto no encuentra impedimento. Si concurren intereses particulares por sacar rendimiento o ventaja en forma alguna (dinero, reconocimiento, lástima, o cualquier otra), o bien prejuicios que impiden ver lo que se manifiesta como algo nuevo, entonces no hay conversación”…

…: hay negociación.

Silencio, intención y conmovimiento

El silencio no dicta, no impone cosa alguna. Simplemente, en el silencio se desvela la ilusión, lo que no es. Desenmascarada, la ilusión cae por su peso. El silencio renueva la visión al dejar caer muros que sucesivamente la limitan.

La libre voluntad es una ilusión. Si la voluntad es de alguien, es entonces producto funcional de ese alguien, sometido a su arbitrio: a su pasado, a su conveniencia… a todos sus condicionantes. Por lo tanto, ya no es libre. Y si no es libre, no es voluntad propia. Si la libre voluntad es una ilusión, la libertad de elección se anula.

“¿Qué quiero?” es un engaño. Contestarse es caer en la trampa que permanentemente la propia ilusión-de-ser-yo nos plantea, en forma de alternativa, para reforzar la sensación de serlo, para persistir como sujeto.

La voluntad se revela como el disfraz con el que se presenta la intención –“¿para qué quiero eso?”–. La intención es tan ilusiva entonces como la voluntad: son capas del disfraz.

La verdadera libertad ante a una alternativa no se da frente a la elección, sino frente a la consideración misma de la supuesta alternativa, en (ni siquiera) verla como tal, o en (no) verla siquiera: en la negación pasiva de la propia existencia de una alternativa. La libertad está en la mirada.

La intención es la manifestación del yo pujando por autoría de manifestaciones que no son en realidad propias de yo alguno, sino veleidad circunstancial –si como sujeto se asume el yo– o acontecer del destino –si el sujeto es el que sin excepción de hecho es: el propio destino, que es la Vida viviéndose.

En la intención imprime el yo constancia de su existencia. La intención es forma en que el yo se manifiesta.

Antes de expresar lo que somos, en silencio dejemos que el silencio nos libere de lo que no somos, negándonos la posibilidad de ser intención, negándonos aun la posibilidad de alternativa.

El destino –propone Wikipedia– es “el poder sobrenatural inevitable e ineludible que guía la vida humana y la de cualquier ser a un fin no escogido, de forma necesaria y fatal, en forma opuesta a la del libre albedrío o libertad”. El destino, necesario, nula elección y, sin embargo, pura libertad: no es ya libertad de opción, sino liberación de la misma necesidad de optar. Cada instante es, pues, expresión y destino de la Vida. Cada instante es punto inicial y final, y cada punto final es inicial –inicial de la novedad, que es el instante mismo, es el destino en el que todo se funde y con-funde en lo Mismo, que no en lo igual.

La neg-ociación es patria de la ilusión, es un baile de yoes disfrazados de intenciones, de intenciones disfrazadas de voluntades: es el patio donde los niños jugamos juegos de niños.

En cambio, la con-versación con-mueve: es el hogar para que descubramos juntos, lentamente y a pocos el movimiento que juntos somos: el uni-verso.

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  1. Pingback: De la COP15 a la COP25: mi perspectiva | Alejo Etchart

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