De la COP15 a la COP25: mi perspectiva

Hace 10 años quien teclea estaba yendo a la COP15 de Copenhague con el grupo de Stakeholder Forum  para participar en el ámbito de agua (Adaptación) durante la COP15, junto con compañeros del máster en cambio climático y desarrollo sostenible que pocos meses antes había culminado en Inglaterra con una doble ‘distinción’ (en el máster y en la tesina, que fue publicada en una prestigiosa revista académica). Desbordaba ilusión por cambiar el mundo. Le siguieron años de entrega apasionada e incondicional primeramente en el entorno ONU, hasta entender que nada pasaría a ese nivel en tiempo y envergadura suficientes, tras la sucesión de fiascos culminada en Río+20;. Reorienté mi pasión hacia la promoción de comunidades sostenibles dando charlas allá donde había un par de orejas, hasta toparme con mi propia falsedad, que la frustración de mi ilusión fue revelando. Para investigar en ella me trasladé a un pequeño pueblo de la Merindades. Hoy vivo solo en él. El silencio, maestro único, lleva a comprender que nada hay que salvar o predicar, y que la dignidad de la vida radica no en su utilidad, sino en el propio vivir.
Apenas he seguido las COP posteriores. Apenas me sorprendió el entusiasmo que generó el Acuerdo de París a pesar de su manifiesta inutilidad, como prueba, entre otros muchos, el hecho de cada año que pasa establezca un nuevo récord de emisiones. La  comprensión va convirtiendo la indignación en sonriente aceptación, Hoy en día una nueva fuerza emergente está tomando posiciones, pero me temo que el máximo al que puede aspirar la COP25 es otra banal declaración de intenciones. Poco más. La mera existencia de países, o la inexistencia de al menos un verdadero gobierno mundial para abordar asuntos globales, es un impedimento definitivo para cualquier cosa parecida a una sostenibilidad. El verdadero gobierno mundial seguirá ejerciéndolo el Becerro de Oro que en su propio interés, con su estructural astucia, adoptará de esa nueva fuerza lo que le resulte conveniente, adaptándolo a su corrupción; y escupirá el resto. La estructura del mundo en base a países institucionaliza la miopía que nos es propia. El surgimiento de la autoconciencia, que fundamentó el nacimiento de nuestra especie hace 40.000 años, es también nuestra gloriosa tumba. Si no somos capaces de cambiar el rumbo es porque tampoco lo somos de comprender, mirando a la vida desde el que, de forma miope, entendemos como nuestro interés. Nuestro verdadero reto no es salvar cosa alguna, sino comprender nuestra incomprensión.

Ejercicio de comprensión.

Este post es esencialmente un ejercicio de comprensión en curso.

Desvelar

La verdad es un concepto, una idea necesaria para nuestro entendimiento. Se muestra en todas las cosas pero no la vemos, porque solo vemos lo que podemos ver, que es lo que nuestra mirada puede comprender, abarcar. Nunca podríamos comprender la verdad porque es necesariamente inabarcable para una capacidad de entendimiento limitada como la humana, pero sí podemos caminar hacia ella. Y, sin embargo, está ahí, presente, sin espacio para un camino, cubierta por los velos que conforman nuestra mirada. Desvelando la incomprensión de nuestra mirada, que es la nuestra propia se atisba luz.

Toda intención va quedando desbaratada.

Juicio y mirada

La comprensión es camino por el que la Vida se manifiesta. Comprender es abarcar. No se puede comprender un asunto cuando solo se ve una parte, porque solo a una parte se mira; cuando no se tienen en cuenta todas las implicaciones del asunto –en particular, siempre que se mira con interés–. La mirada condicionada –en particular: interesada– impide la comprensión.

El juicio revela solo la (in)comprensión del que lo expresa. Lo juzgado permanece inalterado. Carece de sentido sentir ofensa o regocijo si alguien le juzga a uno, pues lo que se manifiesta no es el ente juzgado, sino el criterio del juez. El juez revela en el juicio su entendimiento, que es su comprensión. El rango de validez de un juicio se limita al momento de quien lo emite. Si mi comprensión es limitada, mi juicio también lo es.

Conocimiento y sabiduría

Conocimiento es erudición, no sabiduría. El aferrarse al conocimiento es un obstáculo fundamental para la sabiduría. La sabiduría es fruto del desvelamiento de la ignorancia. La erudición implica distancia (tiempo), la necesaria para el aprendizaje. La sabiduría, en cambio, es inmediata, no hay distancia, porque está ahí, siempre presente. La sabiduría es presente, ahí donde inútilmente, en vez de verla, se busca, acumulando conocimiento y alejándose de ella. Para verla hay que descubrirla, desvelarla, despojarla de todo prejuicio, de toda intención por obtener algo, de todo querer ventaja, ya sea en forma de lástima.

La ciencia no es interesada. Una investigación científica busca respuestas desconocidas. Una investigación sesgada por el interés no es científica por mucho que se haya publicado en una revista académica. La ciencia se encamina hacia la verdad (que ya es presente), descubriendo y revelando nuevos campos de ignorancia; pero no es capaz de comprenderla porque no puede abarcar todas sus implicaciones. Como muestra: ni siquiera los físicos cuánticos comprenden la realidad cuántica, aunque saben que se cumple. La verdad fundamental es incomprensible para la mente humana: va más allá de la conformidad con la razón, que solo puede ir descubriendo su ignorancia. El camino hacia la verdad transciende a la ciencia, incorporándola.

Vida y vidas

Las manifestaciones de la Vida son crecientemente comprensivas (abarcantes), pero solo la Vida es la comprensión propia, porque nada hay más allá y nada queda fuera de ella. Eso a lo que llamamos comprensión es en realidad ‘menor incomprensión’. Las manifestaciones van comprendiendo la profundidad de la Vida. Pero la comprensión propia no ocurre, es un mero concepto, sin manifestación. La incomprensión, en cambio, sí se manifiesta. El camino de comprensión pasa por la incomprensión, de ella aprende. La incomprensión se desvela en una nueva incomprensión, más profunda o esencial. La comprensión transciende a la incomprensión, incorporándola y descubriendo nuevos campos de incomprensión. La comprensión y la incomprensión comparten camino porque son la misma cosa.

La Vida no existe, porque su ser no es desde fuera de ella sino en sí. La Vida es. Las vidas son el acontecer de la Vida. Las vidas sí existen, porque son manifestaciones de la Vida, y por tanto sí hay un fuera-de-ellas (ex-, del griego eks-: desde fuera). El tiempo es el momento histórico del acontecimiento de la Vida, atemporal.

No hay tal cosa como seres vivos y no vivos, sino como expresión de un lenguaje limitado y limitante. Si la autopoiesis es la condición de existencia del ser vivo y el sujeto del vivir no es sino la propia Vida, no hay ente no vivo mientras sea tal ente. Hasta la unidad aparentemente más inanimada es convertida es manifestación de la Vida. La muerte solo lo es del ente, que se dispersa en otras formas de concentración de energía. Toda materia es energía (e=mc2). La Vida abarca toda unidad de materia como energía.

La gravedad es un ley por la que los objetos con masa se atraen atraídos entre sí, efecto mayormente observable en la interacción entre los planetas, galaxias y demás objetos del universo; pero se cumple en toda materia (Newton llamó masa a la materia). Y, puesto que la energía es masa (m=e/c2), también la energía genera y es objeto de la ley de la gravedad.

La sociedad no es material tangible: es una fuerza, una energía, y experimenta por tanto gravedad como lo hace la materia. En un proceso infinito, los grandes poderes cada vez serán más poderosos, a costa de lo pequeños. Las grandes poblaciones cada vez serán más grandes, a costa de las pequeñas. La profesión más generalizada: la prostitución, cada vez lo será más, a costa de la diversidad de visiones y estilos de vida –si uno se prostituye cuando vende su cuerpo, ¿acaso no lo hace cuando vende su tiempo?

Ciertamente, está haciendo falta que se empiece a vislumbrar una suerte de colapso climático para que la sociedad venza su inercia y se convoque un nuevo centro de concentración en torno a la necesidad de cambiar. Dicen por la radio (enero 2020) que, de repente, todos los empresarios reunidos en Davos se han vuelto ecologistas, que han mostrado el cambio climático no ya como su gran preocupación o amenaza, sino (sic.) “como una fuente de excelentes oportunidades de negocio”. Realmente, somos unos niños jugando juegos de niños. No somos serios. Si estamos donde estamos es porque no podríamos estar en otro punto.

Economía

La economía es comprensiva. Algo que no sea comprensivo no puede ser economía, porque necesariamente se comporta a costa lo que no comprende. Solo la Vida es comprensión, luego solo la Vida se comporta económicamente.

La economía no es otra cosa que la gestión de la escasez. Toda manifestación de la Vida es económica cuando encuentra escasez: un río, un árbol, una piedra, se comportan económicamente. El río no se empecina en atravesar la materia más dura en su camino al mar, y considera las afluencias de caudal al establecerlo. El árbol crece buscando luz, nutrientes o cumplir su misión, cooperando con otros seres. El que no supiese ver el comportamiento económico de una piedra no revelaría sino mi incomprensión.

Quizá no se pueda atribuir inteligencia a un río, y quizá tampoco a una persona. Quizá la inteligencia sea una y única, y sinónimo de economía como forma de manifestación de la Vida en todos sus entes y en la relación entre ellos.

Una disciplina humana no puede ser economía por mucho que así la llamemos, máxime cuando es consciente de dejar fuera de su comprensión algo que denomina ‘externalidades’. El medio ambiente, por ejemplo, es una externalidad para la Economía (en mayúscula por denominación convenida y en cursiva por falaz) porque no sabe gestionar su escasez (por ser público y de libre acceso), así que lo consume como si fuera infinito.

Comprender la incomprensión de eso que llamamos Economía invita a trascenderla. Sin un cambio en la comprensión que los humanos tenemos de nosotros mismos y de nuestra relación con el mundo, toda reforma política o económica será inútil o incluso perversa.

Política y democracia

Menos comprensivo es aún esto a lo que llamamos democracia. Su incomprensión se multiplica cuando además en ella media el interés, en el voto o en eso que llamamos la política y que no es tal, sino idiotez –si somos fieles a la etimología griega de ambas palabras. La política se niega a sí misma en la idiotez –en la defensa de intereses particulares, ya se disfracen de máximas sacrosantas–. No cabe esperar solución de la política, pues no se sabe qué problema enfrenta: no puede ver el problema, porque su mirada está enfocada en la justificación de su propia existencia.

La idiotez de los políticos no refleja sino la idiotez colectiva y el limitadísimo alcance de lo que llamamos democracia. En esta, los políticos tratan de obtener votos prometiendo a los idiotas que cumplirán con sus intereses, orientando sus promesas y su acción a grandes grupos de votantes, cuyo argumento para reclamar justicia en forma de equidad es el ganador “somos muchos”. Lo pequeño queda fuera de la ecuación, así que nos agrupamos en defensa de intereses. La sociedad se empobrece por concentración y pérdida de diversidad en las miradas al mundo.

Esto a lo que llamamos democracia es una vulgarización de la incomprensión. Para que la democracia sirviera para abordar un asunto haría falta que lo comprendiese en la medida de lo posible. Carece de sentido votar como idiotas, sin un mínimo de comprensión; menos aún guiados por el fingido y manipulador fervor de otros manifiestos idiotas. Carece de sentido votar por soluciones si no sabemos cuál es el problema de fondo, que subyace a sus manifestaciones. Si lo supiésemos, la gran mayoría de los problemas que creemos graves y urgentes se desvanecerían por su insignificancia. ¿Debería plantearse un conversación (por tanto, desinteresada) para descubrir el reto, al que como grupos sociales nos enfrentamos, antes de votar por un partido político?

A poco que se eleve el punto desde el que miramos a la realidad para enfocar un horizonte más distante, se ven la magnitud, la violencia y la certidumbre del colapso que ya vivimos pero no vemos. Las manifestaciones de conflicto derivadas del aumento de población mundial, de la diferencia entre ricos y pobres, del cambio climático o de la desaparición de especies animales son continuas y crecientes, pero lo que llamamos democracia es incapaz de afrontar estos asuntos porque orienta la política al poder, y este lo otorgan los votos, que no van a quien alerta y actúa sobre una emergencia que no se percibe.

El optimismo es una visión tan sesgada como el pesimismo: ambas impiden ver la realidad, si tal cosa existe –en realidad, la realidad es una mera entelequia, universalmente suplantada por la percepción, en su versión humana–. Aunque las manifestaciones de conflicto son diversas, el conflicto es uno y único, y está ligado a nuestra mirada, a nuestra forma de ver lo que acontece o, en su lugar, lo que nuestras manipuladoras mentes (conjunto de pensamientos, sentimientos, sensaciones y percepciones) proyectan.

Eso a lo que llamamos economía, política y democracia son juegos de niños. También el ecologismo no comprensivo lo es. Todo –ismo es miope en tanto que parcial. El adulto transciende la niñez, incorporando comprensión de la incomprensión infantil, lo que de ella ha aprendido. Nuestra edad en el desarrollo de la especie humana no es mayor de 14 años.

Aprendizaje y transcendencia

La Vida se vive a sí misma aprendiendo, mediante prueba y error. Las vidas son entidades que la Vida lanza al mundo ¿para? pensarse y aprenderse. La Vida aprende a través de sus manifestaciones, aumentando en su solo-aparente devenir (puesto que lo que es no puede cambiar), en escala de tiempo cósmica (kósmica), la profundidad y amplitud de su entendimiento. Salvar al mundo es pretensión banal e irrisoria: todo lo que el mundo acaso necesita es prescindir de nosotros, que, llegados al límite de nuestra (in)competencia, consideramos lo más valioso de él, por su prevalente escasez, como ‘externalidades’. Manda huevos.

En otoño, las hojas de los árboles mueren. Solo así puede el árbol vivir: las hojas se convierten en la tierra que se hace árbol, que se hace hoja, que se hace tierra. El otoño se hace invierno, que se hace primavera, que se hace verano, que se hace otoño, que se hace tierra. El niño se hace joven, que se hace adulto, que se hace viejo, que se hace tierra. La tierra se transforma en otras manifestaciones de vida. Toda manifestación de vida nace, crece, llega una máxima expansión y degenera, hasta desaparecer para dejar paso a lo nuevo, como cada pálpito del corazón. La energía permanece. Todas las manifestaciones de la Vida comparten varios patrones comunes. El evolucionar mediante el sacrificio es otro de ellos. La comprensión transciende a la incomprensión como la Vida a la muerte: superándola e incorporándola.

Comprensión

No hay cosa que salvar. La misión de nuestro tiempo es comprender, para que la Vida aprenda con nosotros. La comprensión conduce a la aceptación y al silencio.

“Si mi agua está contaminada, cuanto más riegue, más contaminaré; y cuanto mejor riegue, mejor contaminaré”. Nos empeñamos en concienciar enfocando la mirada en la importancia asuntos parciales: el cambio climático, la desaparición de especies, el consumo de plástico, la deforestación, la desaparición de la vida rural, el reciclaje de residuos, el trato a mujeres o discapacitados, la importancia de comer o dejar de comer ciertos alimentos, la perversidad de tal o cual empresa o negocio, los padecimientos de tal o cual etnia, país o pueblo, el racismo, la falta de cultura  e innumerables otras manifestaciones del que es, en realidad, el mismo asunto; nos indignamos y acudimos a manifestaciones para que otros (los así llamados ‘políticos’) actúen con urgencia, y cargamos indignados contra ‘el sistema’; pero nuestros estilos de vida continúan cebando, en otras manifestaciones distintas de aquella en la que ponemos nuestro foco, ese sistema que decimos aborrecer. Quizá las campañas de concienciación sobre asuntos parciales sean en el fondo contraproducentes, pues nos hacen creer que algo ‘bueno’ se consigue si el devenir ese asunto cambia de rumbo; cuando el verdadero asunto , mucho más profundo y abarcante, permanece intocado; permitiéndose así que las manifestaciones de insostenibilidad se multipliquen. Si la enfermedad de un árbol está en su raíz, no tiene sentido cortar las ramas feas, porque rebrotarán aquí o allá. Habrá que arrancarlo o talarlo, y dejar que se seque.

Relevancia

La relevancia de la comprensión es fundamental: que la dignidad del vivir le es intrínseca, no funcional: no radica en su ‘para qué’; que no cabe esperar algo de eso a lo que llamamos política o democracia; y que si algo se puede hacer por cambiar el rumbo del devenir no será a iniciativa de quien está cómodo con lo que hay.

El problema de la destrucción de las condiciones para que los humanos y otras muchas formas de vida sigamos habitando la Vida es incomparablemente más importante y apremiante que todos los juegos de niños que rebosan los noticiarios. Esta civilización, negociosa y blacfraidera, llega al límite de su idiotez.

Si se comprendiese el momento que vivimos se entendería que la única política que ahora cabe es cultivar la resiliencia, gestionando el decrecimiento ineludiblemente consecuente; en vez de orientarse al crecimiento económico. Es el único objetivo político plausible frente a un colapso cierto. Esta política no la van a promover quienes están cómodos en esta civilización, presos de una Economía antieconómica que degenera sin remedio. Lo que sí podría hacer la política es reconocer sus propios límites, ver y contar la situación ante la que estamos, promoviendo instituciones que permitan una evolución transformadora y amortigüen la próxima incapacidad las oficiales para hacer frente a sus objetivos.

CONCEPTOS Y REALIDAD

La realidad (la verdad) no existe. Existe la percepción, que es corrrupción de la realidad. Muchos conceptos de virtud no tienen manifestación real en términos absolutos. La sostenibilidad, la justicia, la comprensión o el orden, como tantos otros conceptos de virtud existen, no se manifiestan; lo hacen sus opuestos: la insostenibilidad, la injusticia, la incomprensión, el desorden. Nada es sostenible: toda manifestación de vida, desde los quarks hasta el universo (etim.: movimiento único) sigue el mismo patrón: nace, crece, llega a un máximo, degenera y desaparece, para dejar paso a lo nuevo. Tan ilusorio es pensar que nuestra especie o civilización no han de desaparecer como que uno no ha de morir en cuerpo.

COP25 (escrito al comienzo del evento, diciembre 2020)

Ciertamente, la sociedad es hoy más receptiva a ver la amenaza que para nuestra forma colectiva de vivir supone el cambio climático y percibe que sus causas no distan de las que provocan la creciente desigualdad en riqueza y rentas.

La COP25 es una nueva oportunidad para que esa mayor comprensión conduzca a acciones efectivas para afrontar las causas comunes de esos problemas comunes. Sólo lo conseguirá en la medida en que concurran en ella visiones honestas, libres de idiotez o intereses particulares; es decir: no lo conseguirá.

De lo que hagamos guardará la Vida registro, y con ello aprenderá. Aunque no sea como acción pura, sino como reacción frente a una amenaza, ello servirá para que lo que nos herede tenga aprendido el error de la miopía.

La COP25 es también oportunidad para que veamos en sus resultados los límites de nuestra comprensión. La comprensión de la incomprensión es el camino por el que la vida se manifiesta.

Coronavirus

Y en estas, llega el coronavirus. hoy es lunes 16/3/2020, primer día con estado de alarma de alarma en España. Todo se para.

Todo lo que necesita avanzar para sostenerse, cae al pararse. Como era previsible, el colapso acaece por una vía tan vital como inesperada. Nada volverá a ser igual, y cuantos más recursos se empeñen en ese esfuerzo, tanto más se derrochará. Sin un cambio en la comprensión que los humanos tenemos de nosotros mismos y de nuestra relación con el mundo, toda reforma política o económica será inútil o incluso perversa.

Para ver el diagnóstico de la enfermedad profunda que padece nuestra civilización, de la que la crisis sanitaria es un síntoma, hace falta libertad (La crisis es, eso sí, el síntoma más acuciante hoy, así de violentamente se ha visto forzada la Vida a hacérnosla evidente, ¡y aún no la veremos!). Es inútil exigir a los gobernantes que vean y actúen desde el libre juicio, porque la propia (autodenominada) democracia le priva de ella. Churchill fue capaz de pedir a su pueblo “sangre, sudor y lágrimas” para ganar la guerra… y después perdió las elecciones. Hoy en día no es ya que los gobernantes prefieran perder la guerra si con ello gana unas elecciones, es que ni siquiera se pueden permitir ver, o al menos declarar, quién es el enemigo en esta guerra, PORQUE EL ENEMIGO SOMOS NOSOTROS MISMOS.

Ante la falta de un diagnóstico adecuado, las medidas de reacción son inútiles, incluso perversas. No veremos la profundidad de lo que está ocurriendo.

Lo que acontezca es pura incertidumbre. La única certeza es la incertidumbre, tan cierta como que las manifestaciones de la Vida son inescrutables.

La cadena de compromisos que ‘el sistema’ promete es incumplible en el propio sistema. Al dinero, antes o después, dejará de reconocérsele un valor que no tiene. Hace mucho que su valor no es real, y cada vez se aleja más de serlo: es solo una convención fundada sobre unos pilares que se derrumban por no poder sostener tanta presión.

Resiliencia

Ya líderes como Mahatma Gandhi siguieron la visión que mucho más tarde Gar Alperovitz (2012) llamó reconstrucción evolutiva, como una alternativa superior a la reformas, que son parches, o la revolución. Alperovitz hablaba de destinar las energías para el cambio en la construcción de instituciones nuevas y paralelas a las actuales, a las que acabaría por suplantar sin enfrentarse directamente a ellas. De esta forma, a medida que la vieja infraestructura institucional declina hacia el colapso, las nuevas cubren los huecos que van quedando hasta convertirse en la estructura predominante.

Pues bien, ni se ha hecho ni se hará, porque no se ve, porque no se puede ver, tal es la perfección del sistema. Se seguirá financiando con unos fondos públicos sin liquidez (¿en quiebra técnica, como lo está ya toda la banca tradicional?) unos derechos que, sin ser quiénes para hacerlo, nos hemos otorgado: las colosales pensiones y subvenciones por desempleo, el sistema público de salud, la recuperación del turismo, de la industria automovilística, de la banca… en fin, el mantenimiento de lo que nos mantiene.

La Vida no es justa (ni bella): la Vida es y se vive a sí misma. Eso es todo lo que podemos saber de ella. La justicia, concepto mental y lingüístico occidental, acaso se la asignamos nosotros como un deber moral a cumplir desde una moralidad antropocéntrica, y por tanto, de limitada comprensión. La Vida, claro está, no se da por enterada.

No habiendo el dinero necesario, sistemáticamente se recurre a la deuda; una deuda indevolvible, inserta en un sistema de creación de dinero insostenible, dentro de un mundo ingobernable. Quienes nos sucedan jamás podrán pagarla. A cada generación que pasa, esta certidumbre se hace más evidente, e impone que la resiliencia sustituya al crecimiento económico como patrón-guía de nuestro desarrollo en común, es decir, de la acción política.

En 2015 escribía estas líneas como conclusión a una ponencia:

“No espere solución desde la política institucional: ni se la dará ni se la debe. Depende de cada uno de nosotros.

Esta lectura ha querido ser una invitación a negar la falsedad en la que vivimos, manifestada especialmente en una economía profundamente corrupta y en una sociedad desquiciada, pero arraigada en nuestros propios miedos y la consiguiente búsqueda de una seguridad que es ajena a la Vida. La Vida se sostiene por si sola –es irrisoriamente pretencioso creer que los humanos nos erigiremos en sus salvadores, y menos utilizando para salvarla la misma forma de pensar con la que la estamos dañando. El que cuente con nosotros, de nosotros depende, aunque ciertamente con nuestra civilización no puede contar.

Negando nuestra propia falsedad comienza a asomar la Verdad. En descubriéndola, toda otra intención queda desbaratada, y la acción se funde con la visión en el mismo instante, sin dilación, en cada presente. La Verdad –y no otra cosa o persona— es el único referente para la sostenibilidad; no hay sostenibilidad en la falsedad.

Investigue cada uno su conciencia observando el espejo que son sus comportamientos, o refleje en su conducta su conciencia pretendida. Sólo de ahí pueden nacer nuevas culturas, y sistemas que las alberguen, sean para proporcionar resiliencia o para la vedadera sostenibilidad. Sea cada uno responsable con lo que ve; y si ello implica ABRAZAR LA INCERTIDUMBRE, hágase. Una mente seria, responsable y libre debería ser consciente de que, por encima de cualquier conveniencia, “ver es hacer (Krishnamurti 1967).”

Nunca en la historia ha habido una frecuencia de pandemias como en los últimos 20 años (https://www.visualcapitalist.com/history-of-pandemics-dead…/). Si tenemos prisa por salir de esta crisis para volver a vivir una ilusión disparatada y así precipitarnos hacia la siguiente; si no comprendemos que el universo es un movimiento único; si no miramos inteligentemente a la Inteligencia; si no tomamos conciencia de lo que expresa la Conciencia, toda esta crisis servirá solo para precipitarnos hacia la siguiente, más violenta, y así sucesivamente hasta dejar paso a manifestaciones más comprensivas de la Inteligencia, la Conciencia, el Orden, Dios o el Ahora.

En todo caso, la comprensión y la incomprensión comparten camino. Nada de lo que acontece en nuestro vivir podría haber sido de otra forma.

Poesía

Todo lo que acontece es la inteligencia del Ser, que es el vivirse de la Vida, el siendo del Ser. Nada escapa de ella. Me lo susurran las hierbas que arranco del huerto preparándolo para la plantación de la temporada; ellas, que así mueren como hierbas y pasan a corromperse con otros deshechos y así ser compost, y así ser tierra, y así seguir viviéndose, eternuevamente.

El acontecer de la Vida es la infinita alegoría, inaprehensible para quienes no La conocemos. La alegoría de la Vida se celebra en el acontecer. Surge imperiosa la necesidad de la poesía para expresar la intuición de lo que transciende la razón.

La Vida administra su energía económicamente, con la única visión holística (omicomprensiva) posible. Inteligencia y economía son dos formas de llamar a lo mismo. 

El Ser se manifiesta ocultándose: es en su inaparencia cuando se reconoce su presencia. Pero solo se desvela completa en lo que lo es, en lo que lo conoce porque lo es. Solo lo que se conoce se puede pensar, y solo se puede conocer lo que se es. Así el Ser (la Vida) se piensa, y solo el Ser puede pensarse, porque solo Él puede conocerse. 

Conversación vs. negociación

En 2017 escribía:

“Cuando llegamos a asumir que debemos dejar espacio para que quepan otros intereses, negociamos. En la mirada parcial la única forma posible de evolucionar con cierta armonía es la negociación. Es decir: mis intereses son tales, los tuyos son cuales y vamos a ver a qué punto intermedio llegamos, cediendo ambos en nuestras pretensiones declaradas. Y para arrimar el ascua a nuestra sardina, declaramos todo lo que no resulte innegable, todo lo que ‘pueda colar’. En la negociación hay espacio para el engaño. Se negocia entre naciones, entre regiones, entre ciudades, grupos sociales, empresas, grupos políticos, ONGs, familiares… La negociación se convierte en la vía menos insostenible de evolución para nuestra forma de ver el mundo, y su resultado es la certeza de que la insostenibilidad de mañana será mayor que la de hoy.

La negociación es un acto humano, no una ley natural: ninguna especie vive negociosamente. Una negociación exitosa, si tal cosa existe, solo es suscrita por las partes negociantes. El sujeto que no haya participado en el acuerdo al que pueda llegar una negociación podrá salir perjudicado. En una Economía no comprensiva, mucho es lo que queda fuera de la negociación: nadie se ocupa de los recursos que la Economía, no sabiendo considerarlos, agrupa bajo el concepto de ‘externalidades’. La lechuga, el caracol, el agua, el aire, las siguientes generaciones… no pueden expresarse en una negociación. Sin embargo, ellos quedan afectados por sus resultados; y, a través de ellos, todos volvemos a quedar afectados a un plazo más largo. Luego, por mucho que las negociaciones arriben a buen puerto, nunca pueden ser exitosas, porque comienzan en la miopía: sea en el tiempo o en el espacio, solo considera a quienes están cerca. No podría considerar a los que están más lejos o más tarde, porque ni siquiera puede verlos, si la propia mirada al mundo es miope.

[…] Más allá de la negociación se ofrece la conversación –hermosa palabra. Deriva del latín versare, que indica movimiento (girar, cambiar, dar vueltas), y la raíz con, que indica en compañía. Conversar es, pues, moverse juntos. No es dialogar (etim.: discursar racionalmente), ni intercambiar opiniones, ni convencer o persuadir. No se trata de enfrentar argumentos para que al final pueda llegarse a un acuerdo. Conversar es moverse juntos, en todo el proceso de expresión. En la conversación no hay espacio para el engaño. La conversación ocurre en todo momento en tanto en cuanto no encuentra impedimento. Si concurren intereses particulares por sacar rendimiento o ventaja en forma alguna (dinero, reconocimiento, lástima, o cualquier otra), o bien prejuicios que impiden ver lo que se manifiesta como algo nuevo, entonces no hay conversación”…

…: hay negociación.

Silencio, intención y conmovimiento

El silencio no dicta, no impone cosa alguna. Simplemente, en el silencio se desvela la ilusión, lo que no es. Desenmascarada, la ilusión cae por su peso. El silencio renueva la visión al dejar caer muros que sucesivamente la limitan.

La libre voluntad es una ilusión. Si la voluntad es de alguien, es entonces producto funcional de ese alguien, sometido a su arbitrio: a su pasado, a su conveniencia… a todos sus condicionantes. Por lo tanto, ya no es libre. Y si no es libre, no es voluntad propia. Si la libre voluntad es una ilusión, la libertad de elección se anula.

“¿Qué quiero?” es un engaño. Contestarse es caer en la trampa que permanentemente la propia ilusión-de-ser-yo nos plantea, en forma de alternativa, para reforzar la sensación de serlo, para persistir como sujeto.

La voluntad se revela como el disfraz con el que se presenta la intención –“¿para qué quiero eso?”–. La intención es tan ilusiva entonces como la voluntad: son capas del disfraz.

La verdadera libertad ante a una alternativa no se da frente a la elección, sino frente a la consideración misma de la supuesta alternativa, en (ni siquiera) verla como tal, o en (no) verla siquiera: en la negación pasiva de la propia existencia de una alternativa. La libertad está en la mirada.

La intención es la manifestación del yo pujando por autoría de manifestaciones que no son en realidad propias de yo alguno, sino veleidad circunstancial –si como sujeto se asume el yo– o acontecer del destino –si el sujeto es el que sin excepción de hecho es: el propio destino, que es la Vida viviéndose.

En la intención imprime el yo constancia de su existencia. La intención es forma en que el yo se manifiesta.

Antes de expresar lo que somos, en silencio dejemos que el silencio nos libere de lo que no somos, negándonos la posibilidad de ser intención, negándonos aun la posibilidad de alternativa.

El destino –propone Wikipedia– es “el poder sobrenatural inevitable e ineludible que guía la vida humana y la de cualquier ser a un fin no escogido, de forma necesaria y fatal, en forma opuesta a la del libre albedrío o libertad”. El destino, necesario, nula elección y, sin embargo, pura libertad: no es ya libertad de opción, sino liberación de la misma necesidad de optar. Cada instante es, pues, expresión y destino de la Vida. Cada instante es punto inicial y final, y cada punto final es inicial –inicial de la novedad, que es el instante mismo, es el destino en el que todo se funde y con-funde en lo Mismo, que no en lo igual.

La neg-ociación es patria de la ilusión, es un baile de yoes disfrazados de intenciones, de intenciones disfrazadas de voluntades: es el patio donde los niños jugamos juegos de niños.

En cambio, la con-versación con-mueve: es el hogar para que descubramos juntos, lentamente y a pocos el movimiento que juntos somos: el uni-verso.

Apuntes de un idiota sobre política

Si no fuese desde una visión amplia de lo que acontece, lo pueril de los asuntos que llenan los noticiarios [1] rebosaría el vaso de lo soportable. Es muy significativo que, estando sobre la mesa asuntos del calibre del cambio climático, nos preocupemos por tantos juegos de niños. Viéndolo desde una comprensión amplia, en cambio, se entiende que, simplemente, muestra civilización –o especie—, llega al límite de su incompetencia; y que, si de algo tiene que salvarse la vida, es de nuestra miopía. La naturaleza dispone que todo lo que es unidad de vida desaparezca como tal para dar paso a nuevas concentraciones de energía, también efímeras pero siempre más comprensivas que las que transcienden.  Así, desde los átomos hasta el universo, y más acá y más allá; pasando por civilizaciones y especies.

Eso que llamamos política hace mucho que se ha convertido en un circo, dirigido más bien por idiotas que por políticos, si somos fieles a la etimología griega de ambas palabras. Porque, sí, la política es hoy un tablero sobre el que se juegan partidas de intereses privados, por mucho que se arguyan sacrosantos motivos, que cada uno porta como baluarte y contra los que acusa al otro de atentar, para manipular opiniones y atraerlas hacia la defensa de sus inconfesados intereses, convirtiéndolos en espectáculos de masas apasionadas por gilipolleces como las identidades nacionales prêt-à-porter, la defensa de derechos que el cielo parece haber otorgado o de intereses estratégicos, por satisfacer necesidades (?) tan fundamentales (?) como el llegar media hora antes a un destino o de poder navegar por internet a velocidades ultrarrápidas, pretendiendo someter al tiempo al dictado de una tecnología que lidera la carrera de una jauría de pollos descabezados hacia el disparate.

Pero la idiotez no se acaba en la política, sino que se funda en la generalizada forma de mirar al mundo. Miramos desde nuestra perspectiva interesada, dejando fuera de su comprensión todo lo que creemos que no nos afecta. La frase “cada uno debe mirar por sus intereses” se pronuncia con tanto convencimiento como inconsciencia de su gravedad, perpetuando el conflicto. Somos incapaces de ver lo que acontece porque miramos desde nuestro interés, y así no podemos ver la inmensidad que queda fuera de él. La mirada parcial, el no abarcar a ‘lo otro’, el creer que el organismo limita nuestro ser, impiden la comprensión de la causa que funda la permanencia del conflicto.

Toda manifestación de vida, como la gota de agua, nace y muere; y es precisamente gracias a ello que la vida sigue viviéndose. Creyéndonos gota de agua, no nos vemos el agua de la gota, que es el mar.

Lejos de generar angustia, el ver nuestra miopía da paso a la comprensión del tiempo como acontecer histórico, y a entender que estamos ante un momento importantísimo para el vivir: tenemos la oportunidad de comprender nuestra limitación, y con ello contribuir enormemente al aprendizaje de la vida. La misión de nuestro tiempo no es salvar cosa alguna, sino trascender la idiotez, ampliar la comprensión –y de ello, por añadidura, se derivarían inmediatamente unos estilos de vida que fundarían un mundo más armonioso.


[1] Estos días toca: asunto catalán, brexit, guerra arancelaria, impeachment, caos en Ecuador, Chile y Argentina, turcos contra kurdos, infinita guerra siria, batallas electorales, reubicaciones de cadáveres, tipos de interés, crecimiento económico… Desaparición de pueblos y pequeñas ciudades, empobrecimiento de los trabajadores, despliegue imprudente del 5G, numerosas demandas de dinero en nombre de la justicia, despidos masivos, desconfianza empresarial… Todas estas son noticias que hoy se escuchan, pero ¿cómo no vemos que, en el fondo, son la misma noticia, con distintas formas? Resultados diversos de intereses miopes, con infinidad de disfraces. (Eso sí, los noticiarios siempre acaban con noticias deportivas, para aliviar la amargura que podría dejar lo anterior.)

El orden y el desorden comparten camino

Encender la radio cada mañana y escuchar las noticias. Dejar que la razón investigue sus causas. Descubrir que todas las noticias son la misma, aunque no iguales; porque son manifestaciones de lo mismo, pero con formas distintas.

El orden y el desorden comparten camino.

La vida sigue viviéndose, pero, ocupados en posicionarnos ante la inmediatez, descuidamos la mirada amplia, la comprensión.

Hoy toca Brexit, guerra arancelaria, impeachment, elecciones, caos en Ecuador, ataques turcos contra kurdos, asunto catalán, asesinatos de mujeres, empobrecimiento de los trabajadores, despliegue imprudente del 5G, cadáveres a desenterrar, infinita guerra siria, numerosas demandas de dinero en nombre de la justicia, despidos masivos, desconfianza empresarial… Como postre, las noticias deportivas para endulzar el presente y atenuar el sabor amargo.

Por libre, la bolsa sigue su ritmo: el de las perspectivas. Lleva una buena racha.  Las perspectivas que sigue la bolsa no son las de virtud alguna, sino las del endeudamiento. Cuando lo olisquea, lo celebra. ¡Hay que endeudarse! Hay que creer que el año que viene seremos lo suficientemente más ricos como para pagar lo que entonces necesitemos más lo que hoy ‘necesitamos’ (?) pero no podemos pagar. Los intereses son el afán del capital. Hay que creer, hay que crecer, hay que tener ‘esperanza’, hay que ‘emprender’. Emprendedor, fuente de deuda, icono modélico del momento. No importe el empobrecimiento de la tierra, la escasez de energía aprovechable, la inversión de la pirámide poblacional o la disminución de la masa salarial. ¿Quién devolverá la deuda? ¿Cuánto tardará ‘el sistema’ en reconocer su quiebra?

Poco tiempo ocupan los asuntos a mayor plazo. El cambio climático se expresa crecientemente, y, dada la inoperancia de eso que llamamos política, comienza a fundar una base sobre la que cada vez más gente reconstruye su discurso. ¡Eureka! Si el dinero está en lo verde, ¡disfracémonos de verde!: ¡no más plástico! –por cierto, es tiempo para un Nespreso; las abejas desaparecen –por cierto, ¿qué hay hoy para comer?, ¿adónde nos vamos de vacaciones?, ¡he visto en el escaparate una rebequita ideal! (La pérdida de biodiversidad, en cambio, aún no asoma en el panorama.)

Juegos de niños.

Resultado de imagen de nogal otoño

Mientras tanto, las hojas de los nogales, exhausto su recorrido como tales, caen y mueren para seguir viviendo.  ¿Cómo no vemos en ello la noticia más relevante del día?

El orden y el desorden comparten camino.

Nos arrogamos un poder que no tenemos, y nos negamos así la posibilidad de descubrir el que sí tenemos. ¿Quiénes somos para dictar a la vida lo que debería ser? ¿Quiénes nos creemos para salvar algo o para poder hacerlo? La vida sigue su curso, libre. Ella es la única sostenible, nada más lo es. Su manifestación más profunda se asoma al límite de su incompetencia. Bendito límite. Con él aprenderá la vida para seguir tentando su infinito camino hacia el orden.

El orden y el desorden comparten camino porque son la misma cosa.

Nuestro poder es la comprensión, que revela la belleza intrínseca del vivir y transforma la ira en gozosa sonrisa. La comprensión es la posibilidad última que la vida nos brinda para seguir su camino de aprendizaje.

Carta abierta a Manfred Nolte- Crítica a todo

Apreciado Manfred:

Ayer, de paso por casa de mi madre en Bilbao, recogí algunos ejemplares de El Correo, que con cariño me guarda para encender la chimenea de la casa que habito en Merindades. Mala suerte la de mi madre al contar entre sus hijos con este torpe: me traje también el periódico del día, de lo que me di cuenta al ir a enfrentar a los periódicos con su transitorio destino: arder en la chimenea. Resulta que di en darme cuenta de mi postrera torpeza al atardecer, al ver que la página que escogía para quemar contenía tu artículo ‘Elecciones: Debates, Urnas, Realidad’, con fecha de ayer, que rescato en este link a tu blog. Su lectura fue resonando en mi cabeza (y su combustión en mi confort) mientras afrontaba algunos asuntillos del día a día digital: coser el botón de una camisa vaquera comprada en las pasadas rebajas – ¡ay, qué barato nos fabrican estos pobres pobres!

Lo primero que me resonó fue la referencia a una paradoja –cumplida en otra persona, claro: Pablo Iglesias. Y fui dándome cuenta de que, para paradojas, las que se manifestaban en tu texto, pero que, en realidad van un poco más allá. Así que, ¡hala!, me lancé a escribir. Gracias ante todo, Manfred, por haber facilitado que se expresen algunos los mantras que estaban ocupando un espacio que quiero dedicar a asuntos más transcendentales (primos-hermanos del calor de la chimenea), y así librarme de ellos. ¿Ves?, eso me pasa por ver la tele –estaba mejor sin ella, ¡yat’edigo!

 

El artículo

Desprende ya el tercer párrafo cierto aroma a intencionalidad cuando apuntas como paradoja que Iglesias se haya “presentado como adalid de la Constitución del 78, de la que hasta ahora ha sido hasta ahora su acérrimo opositor”. Tras haber apuntado el exceso de simplificación que conlleva la proverbial brevedad de los titulares en los medios, cometes otro exceso simplificador (paradoja número 1), bien a sabiendas de que lo es: Iglesias —a quien solo una imaginación desbordante puede visualizar “en su nuevo rol de vendedor de biblias”— no se opone acérrimamente a la Constitución, sino que propone modificar constitucionalmente algunos sus artículos. Acaso, acérrima sería cierta persistencia de los que llamas “partidos clásicos”: los que quedan tras excluir a las “nuevas formaciones, casi siempre de signo populista” hacia las que “los desairados, mostrando su resentimiento, desvían su voto”. ¿Desvían?, ¿es que su camino natural es votar a los únicos que restan: PP y PSOE? (paradoja número 2). Pero –chúpate la paradoja número 3— si alguien lleva lustros pasándose la Constitución por el forro son el PP y el PSOE; entre otras cosas porque son los únicos que han podido hacerlo legalmente –bueno, vale, quizás UCD también habría podido. El “populista vendedor de biblias” lleva tanto tiempo denunciándolo que incluso muchos de los quienes no pueden ni verle podrían ver lo que dice. Sospecho que estás entre los primeros, pero no entre los segundos, porque no podrías verlo si crees conocer mejor que su padre la intención con la que actúa; digo yo, más que nada por la referencia a Iglesias como “vestido con piel de cordero”, como única referencia a los disfraces usados en el circo de contendientes en el que ha degenerado esto a lo que continuamos sobrevalorando al darle el digno nombre del que es indigno: democracia (no apunto a tu texto esta paradoja); en vez de lo que es: un escenario para representación de roles, para el actor o prosopon –palabra griega de la que, no en vano, deriva la española ‘persona’.

Sugieres la bondad de basar la argumentación partidista en los programas electorales al tiempo que arremetes contra Podemos, cuando es este el partido, diría yo, que más ha basado su campaña en su programa (paradoja número 4), precisamente con la Constitución como guión del discurso –a no ser que consideremos programa al cúmulo de gilipolleces con las que han ido insultando a la inteligencia los candidatos a ser tratados de ’excelentísimos señores’ o ‘señorías (tampoco te apunto esta paradoja).

Paradoja 5: calificas la deuda pública como tan astronómica que nos hace muy vulnerables; cuando hace unos cinco años, en una artículo titulado “¿de verdad es insostenible la deuda pública?” (que también encontré muy inspirador –¡qué le voy a hacer!: echa al El Correo la culpa de que te lea, por publicarte a tercio superior de una página poco anterior a las noticias del Athletic)— decías que el nivel de endeudamiento de entonces (93,4%: un puñadete de puntos menos que la actual) era “relativamente cómodo”, y que si convenía bajarla era para que los inversores extranjeros no retirasen su confianza en España. Claro que entonces gobernaba el PP.  Y uno se pregunta: ¿tendrá Manfred un cierto sesgo? Perdón por la ironía.

Por cierto: ¿confianza en España? Si tienes tan poca como expresas, es que la tienes en cambio en que los guiris sean esencialmente tontos del culo (paradoja 6, cuando se confronta con la confianza que depositas en la UE en otras ocasiones).

Si en algo alivia el siguiente párrafo es por la sonrisa que provoca la condescendencia con la que otorgas comprensión a quienes se indignan por la corrupción; a ver si no: “se ha votado con el castigo, lo que parece comprensible”, “la corrupción es un pecado que desata tarde o pronto las iras de los ciudadanos y se halla tan generalizada que solo los recién llegados se hallan libres de él”. ¿Confianza en España, dices? Hala pues, Bautista: ¡apaga y vámonos!, que sobre corrupción por jodidos hemos de darnos. ¿Le damos el número 7? Venga, y paro ya. Por cierto: una perla, la frase “lo que se adjudicó en su día a Podemos, vale hoy para Vox”, aunque no hay otra postura que la haga paradójica.

Quizá sea conveniente una humildad mayor al calificar a otros periódicos como “de barriada”, lejanos del rigor informativo que adjudicas los medios escritos “en general”.

 

Todo lo demás

La inocente Greta Thunberg pronunció en Davos un discurso de tres minutos muy por encima de lo que sistema político, por su propia estructura, puede comprender. Es imposible que un sistema fundamentado en los intereses particulares, y levantado a base de agrupaciones sucesivas de ellos, se aproxime siquiera a ver más allá de esos intereses; y ¿cómo podría afrontar lo que no ve? Irremediablemente caerá por el agujero que no vio.

Destaco del discurso algunas frases dedicadas a la política: “tenéis miedo de ser impopulares”, “no sois lo suficientemente maduros para decir las cosas como son”. Creo que ningún político se atreve a decir “la cruda y fría realidad”, que es más profunda que la que refieres en tu artículo. En este sistema que llamamos democracia, decir lo que hay sería un suicidio político. No hay salida buena. Como dice Greta, “lo único sensato es tirar del freno de emergencia”; pero es impensable que un partido político proponga hacerlo porque ello conllevaría un cambio en la asignación de recursos dramático e inasumible desde una mirada interesada, miope. Un partido político que proclamase la emergencia civilizacional que afrontamos sin contar con amplio respaldo de otros partidos estaría cometiendo un suicidio. En vez de ello, pues, nos otorgamos derechos y seguridades que dudosamente somos quiénes para otorgarnos, a costa de una deuda creciente y (nueva paradoja) cebando el sistema, pues obliga al permanente crecimiento económico y refuerza la posición de la banca.

Solo desde una visión globalmente compartida podría abordarse semejante empresa. Sin embargo, esto que hemos convenido en llamar democracia consagra la mirada a corto plazo. La cruda y fría realidad es que la democracia es absolutamente incapaz de afrontar la degeneración no ya de este país, sino de esta civilización miope, presidida por eso que hemos convenido en llamar Economía (con mayúscula por denominación convenida y en cursiva por falaz) , que traslada su miopía a la política –como decía Daly, una economía antieconómica. Solo una mirada compartida comprensiva (amplia, abarcante) puede comprender un asunto compartido y complejo.

“Estáis robando el futuro a vuestros hijos”, titulan el discurso de Greta. La esencia de la sostenibilidad vivir es de las rentas del ecosistema, sin desgastar su base, que las posibilita –¿cómo es que se ve tan clara la necesidad de amortización en microeconomía pero no comprendamos que moacreconómicamente también debería operar? En cambio, casi todo lo que sabemos hacer es lo opuesto: endeudarnos, es decir, tomar prestado del futuro recursos esenciales para que la tierra pueda sostenernos sobre sí. Quizá lo importante sea ver, no ya cuáles son esos recursos, sino quién o qué es ese ‘nos’.

Hace falta mirar lo que hay desde una mayor altura que la que solo permite ver el imperativo del crecimiento económico como medio de salir de los problemas. Quizá veamos entonces que el problema es y está en su enunciado. Quizá podríamos comenzar a ver juntos cuál es su fundamento, en vez que seguir portándonos como críos que sólo comprenden la inmediatez. Se puede conseguir: no hay más que mirar a lo que hay desde algo más arriba –“si no escalas la montaña, jamás podrás ver el paisaje” (Neruda). La quinceañera Greta fue capaz de hacerlo porque no ha perdido aún la capacidad de mirar desinteresadamente. Suele empezar a perderse con la pubertad. Una mirada se va haciendo adulta cuando, una vez vistos los intereses particulares, comienza el interminable proceso de refundirlos. Mientras la mirada no se vuelva comprensiva, eso a lo que llamamos ‘política’ o ‘democracia’ no será menos juego de niños que el Monopoly.

La obsesiva mirada al corto plazo impide ver la trascendencia de eso a lo que la autodenominada Economía denomina ‘externalidades’ (incluyendo el medio ambiente, la desertización, la biodiversidad y la diversidad misma –que también es la de miradas al vivir, en grave degeneración), metiendo a nuestra civilización en un callejón sin salida. Mejor sería verlo y, aceptándolo, empezar a prepararnos cuanto antes para la verdadera crisis: la que impone nuestro estilo de vida, al tiempo que lo destruye; la que impone nuestra mirada al mundo, que marca el límite de nuestra capacidad, que es el de nuestra incapacidad. Prepararnos para ello se llama hoy construir resiliencia.

La verdadera paradoja profunda es que veamos que el sistema se desmorona y nos empeñemos en cebarlo en vez de cuestionar los pilares que lo sostienen; y, con ello, nuestra mirada.

Un sincero abrazo,

Alejo

P.D.: Además de reiterarte mi agradecimiento, Manfred, te pido disculpas por haber vuelto a tomar un artículo tuyo para sacar de sus entrañas la misma falsedad que se expresa por doquier; y por haber empleado un tono pelín sarcástico para pasar este buen rato. Confío en que las aceptes y te invito a continuar la conversación con la calma del paseo. Reconozco de antemano algunas de mis propias contradicciones: entre otras, esta camisa vaquera está hecha en la Conchinchina y conduzco un diésel.

N.B.: No creo que desvelar cuál fue mi voto sea relevante. No creo que Podemos pueda solucionar algo –valga como prueba los párrafos sobre el endeudamiento y sobre el suicidio político. Ningún partido puede hacerlo sin un diagnóstico compartido previo. Por otra parte, quizá no haya cosa que solucionar o, al menos, quede fuera de nuestra capacidad el hacerlo; y, en viéndolo, se revela la dicha intrínseca del vivir.

The incitement

Collective awareness evolves more slowly than individual awarenesses. It takes time on a generational scale for the former to assume the latters. Nowadays, talks expressing the unviability of our collective lifestyle are repeated to millions throughout the world during the 1,440 minutes of the day; but, with few exceptions, things remain as they were. Sterile is the indignation that leads to resignation –far more interesting is its opposite: to accept what is in fact, without giving up trying to avoid a tomorrow that repeats the today. Resigned to the rules of a society that we think external to us, thinking ourselves incapable of transforming it, our next day is again like today and like all the yesterday that occupies our minds. We live entirely occupied in what is previous: our profession, relatives, doctors, procurements, maintenance of our finances…; to call the plumber or the dentist, to know the latest about this or that physical, political or socioeconomic earthquake, or about the work of this or that artist, athlete or guru; in building our preaching, in rationalizing the felt offense; occupied even in occupying our… leisure time?, free time? Colleges, universities, employment, couples, roles, retirement … concerned on our tomorrow to be comme-il-faut, to eliminate insecurity and, consequently  to set our borders. And when we have ‘free time’ (ergo: not slave), we occupy ourselves on filling it with readings, movies, television … in distraction, without leaving space for silence, for occupation on what simply is. We live in the role we assume, which is our prison: from it we look at the world and interpret it. We live preoccupied (pre-busy); and in what is previously busy (in business), there is no room for any new occupation. We are busy in maintaining the system of truths that keeps us still on. Giving it up seems us like a plunge into the abyss. Blessed abyss.

leisureLeisure is not distraction. Distracted we live all day, without seeing what is in the very moment that we face. Leisure, on the other hand, is conspicuous by its absence: there is no room for leisure where concern exists. There is no presence in the noise that fills a preoccupied mind. Presence is in silence, in leisure. While living in business all day every day, there is no room for its opposite. Blessed leisure.

Krishnamurti when you call yourselfThe soul of an individual can not be subject to cultures, traditions or countries, but should always emerge fresh, from the veracity of oneself and from beyond the one, so that it does not submit to limits in time or space. Culture is not the past; culture is the fact of cultivating, of flourishing, of learning. The past is culture only insofar as it serves to learning.

We think that we see but we do not see what there is, but rather what our gaze encompasses. Our gaze is the fruit of our concern. We see what our concern –which is our past— allows us to see; and we interpret it according to its fitting into our system of thoughts. We give to it nouns and adjectives to conceptualize it, to label it in a way that fits our gaze, unable to see without judging. We look at what there is, each from the perspective of his gaze, and we persist in trying to convince the other that what there is is exclusively what we see. One’s world is one’s gaze. If the gaze does not change, how could the world change? Further, why do we assume that we should change it?

Krishnamurti engkishThe manifestations of conflict multiply: extreme weather phenomena, massive migrations, wars, struggles to control the increasingly scarce resources, poverty, political tensions, national or state nationalisms, ‘market’ battles … Manifestations of conflict are diverse, but conflict is one and unique, and is linked to our gaze, to our way of seeing what happens or, in its place, what our prejudices project. Conflict between theory and practice; between what we see, what we think or feel, what we say and what we do; between what we want and what we are or what there is; between what the one sees and what the other sees. Conflict over power among neighbors, peoples, regions, countries, continents; between colleagues, competitors, companies, ideologies; between interests to maintain what keeps us… We are our gaze. As long as we do not raise our gaze the necessary steps up, we will not see the integrity of the other nor our own, or understand that it is not that the other is wrong, but that he is seeing another face of the same reality, if such a thing exists. We will not see the prison in which we live, from which we look at the world. We will not see with a comprehensive, inclusive, welcoming view of ‘the other’. In a non-comprehensive view what is seen is separated from what is not seen; what is the world of one from what is not, nor can it be because it is not even seen. The more we climb up, the more comprehensive our gaze will be, because less will be left out of it. Only between non-parties the conflict ceases.

negociaciónWhen we come to assume that we must leave room for other interests, we negotiate. Under a partial view the only possible way to evolve with a certain harmony is negotiation. That is to say: my interests are these, yours are those, so let’s see to which intermediate point we arrive to, yielding both sides in our declared claims. But, in order to bring the agreement point close to our interest, we declare anything that is not undeniable, anything that could ever be possible. In negotiation there is room for deception. Negotiation occurs between nations, between regions, between cities, social groups, companies, political groups, NGOs, relatives … Negotiation becomes the least unsustainable way of evolution for our way of seeing the world, and its result is the certainty that tomorrow’s unsustainability will be bigger than today’s.

Negotiation is a human act, not a natural law: no species lives in negotiation. A successful negotiation, if such a thing exists, is only subscribed by the negotiating parties. The subject who has not participated in the agreement to which a negotiation may arrive will probably be harmed. In a non-comprehensive economy, much is left out of the negotiation: nobody deals with the resources that the so-called Economy, unable to consider them, groups under the concept of ‘externalities’. The lettuce, the snail, the water, the air, the following generations … cannot be express themselves in a negotiation. However, they are affected by their results; and, through them, we are all affected again in the longer term. Thus, even if negotiations come to fruition, they can hardly be successful, because they raise up from myopia: either in time or space, they only consider those who are close. They could not consider those who are farther away or later, because they cannot even be seen, when our world view is myopic.

Life lives herself by incessantly testing novelty, through a continuous trial-and-error, even in time lapses that are incomprehensible for our limited capacity of perception. Life can probably not count long on our species to continue living herself; but what is certain is that this Business Civilization is already out of the equation. Just as disease is a blessing that allows life to continue learning, our species or our civilization will have been a wonder that will have allowed life to discover that the new will have to overcome, at the least, the existence of particular interests; and, at the most, the selfity. The self-consciousness, which founded some 40,000 years ago the birth of homo sapiens-sapiens, is also our glorious tomb. Blessed collapse.

Looking at the world from our role, we do not see what happens, but we interpret it from what sustains us. Looking at the world from our yesterday there is no presence, there is no today, there is no novelty, there is no leisure, there is no innovation. There is repetition. We negotiate while we can to maintain our sources of security, because we do not accept the uncertainty; and when it is not possible to negotiate, we impose or resign ourselves to what is imposed on us, without accepting it. If we act to avoid or reject what is imposed on us, there is no action: there is reaction. In the reaction the past is reaffirmed, there is no novelty. We reaffirm the system that keeps us when we close the door to insecurity, and so we perpetuate it. Omnipresent, everlasting, necessary, blessed uncertainty that we unsuccessfully intend to deny. Without it, life would not capable of learning from herself.

conversemos-puesBeyond negotiation, conversation emerges. Nice word, conversation. Derived from the Latin versare, which indicates movement (turn, change, spin), and the prefix con-, indicating ‘in company’. To converse is, then, to move together. It is not to dialogue (etim.: speechify rationally), or to exchange opinions, convince or persuade. It is not about confronting arguments so that an agreement can be reached at the end. To converse is to move together all along the expression process. In conversation there is no room for deception. Conversation occurs at all times insofar as it finds no impediment. If there are particular interests to gain performance or advantage in any way (money, recognition, pity, or any other), or prejudices that prevent seeing what is manifested as something new, then there is no conversation.

We fear: climate change, desertification, loss of resources. We are afraid of nationalism, of the stupid occurrences of rocketmen, magnates or whatever politicians ‘of the day’; of markets, of the loss of employment, of tomorrow’s insecurity, of disease … Fearful, we give ourselves to maintain what keeps us, and so only a debacle could make tomorrow different from today. Where a tree lies, no new one can be born. Where the old lies, the new can not be born.

Unable to act freely, we can only repeat the yesterday. While we proclaim its infeasibility, we contribute to maintain it. We do our utmost to earn our livings even if what we do contributes to preventing it from expressing novelty; to maintain what keeps us on, fattening the system that we abhor; to keep our security, prisoners of a past that we call culture, in which we include some rights that we have attributed without being who to do it. Prisoners of an Economy (with a capital ‘e’ for being a consensual denomination and in italics for fallacious) radically failed for not being comprehensive (holistic), unable to assume that only life can be comprehensive, so only life can express economically (from ‘economy’ in a lowercase, as a natural law to which the Economy intends to approach, without achieving it). Prisoners of an uneconomic Economy. Blessed economy.

resilienciaIn its evolution, the Economy of modernity destroys resilience. In the process of concentration that necessarily entails -for its myopia-, it has destroyed the capacity of people to master their lives, by putting an end to the diversity of professions, to rural life, to the richness of the soil, to climate stability, to the diversity of plants and animal species, of ways of understanding life: to the diversity of gazes. Western civilization, which flourished in terms of democracy, knowledge and diversity, is already in a clear process of degeneration due to impoverishment. As every manifestation of life; as everything that is a unit itself as well as part of something greater, this civilization was born, grew and is now in the process of degeneration, before dying. Blessed death. Without it, we would still be protozoa. Without it, every today is yesterday.

trump international_3We well know that conventions with the name of nation-states impede conversation, whatever their borders; that the elites are not going to promote it; and that what we have unduly convened to call Democracy (capital case and italics) is absolutely incapable of dealing with the serious threats that, already by themselves, and more so when accumulated, paint the traces of a chaotic world. To rely on an external change to ‘save us’ is pure illusion. Refusing to accept that humanity cannot count on our civilization is as illusory as believing that one should not die.

abismoRadical transformation can only happen from the veracity of our lifestyles; without pretending to be a model or to convince, to be an authority or to follow one, to seek to save anything, because there is nothing to save; from pure action, not reactive; being the world that we say we want.

The novelty sprouting from collapse will keep record of what has been and will integrate what has learned. What depends on us is not to avoid it, but to take care of the earth so that the novelty can sprout from healthy seeds. No other mission could possibly be worthier, more enriching, more beautiful and more joyfully compassionate.

Fromm insecurity.jpgBlessed collapse, blessed abyss, before which no partial fix makes sense. Blessed uncertainty, who are we to deny it? Blessed death, which leaves room for the new. To die every night and to be born again every morning, continuously questioning ourselves, dying at every moment for living its fullness, allowing life to express novelty.

Blessed life.

La incitación

 

La conciencia colectiva evoluciona más lentamente que las conciencias individuales. Lleva tiempo en escala generacional que aquella asuma estas. Hoy en día, seguramente, las charlas que expresan la inviabilidad de nuestro estilo de vida colectivo se repiten a millones por todo el mundo durante los mil cuatrocientos cuarenta minutos del día y, con apenas excepciones, acaban en lo que empezaron. Estéril es la indignación que lleva a la resignación –cuánto mejor su opuesto: aceptar lo que hay sin resignarse a que mañana se repita el hoy. Resignados a las reglas de una sociedad que creemos ajena a cada uno, creyéndonos incapaces de transformarla, nuestro día siguiente vuelve a ser como el de hoy y como todo el ayer que ocupa nuestras mentes. Vivimos enteramente ocupados en lo previo: nuestra profesión, los familiares, los médicos, el abastecimiento de productos, el mantenimiento de nuestras finanzas; en llamar al fontanero o al dentista, en saber lo último sobre tal o cual terremoto físico, político o socioeconómico, o sobre la obra de tal o cual artista, deportista o gurú; en construir nuestra prédica, en racionalizar la ofensa sentida… ocupados hasta en ocupar nuestro tiempo ¿de ocio?, ¿libre? Colegios, universidades, empleo, pareja, rol, jubilación… preocupados en que nuestro mañana sea comme-il-faut, en eliminar la inseguridad y, con ello, fijar nuestras fronteras. Y cuando tenemos ‘tiempo libre’ (ergo: no esclavo), nos ocupamos en llenarlo con lecturas, películas, televisión… en distraernos, sin dejar espacio para el silencio, el ocio, la ocupación sencillamente en lo que hay. Vivimos en el rol que asumimos, que es nuestra prisión: desde ella miramos el mundo y lo interpretamos. Vivimos preocupados, y en lo que está ocupado con anterioridad no cabe nueva ocupación. Nos preocupamos en mantener lo que nos mantiene: el sistema de verdades del que salir nos parece precipitarnos al abismo. Bendito abismo.

Ocio no es distracción. Distraídos vivimos todo el día, sin ver lo que hay en el instante. El ocio, por contra, brilla por su ausencia: no cabe en la preocupación. No hay presencia en el ruido que llena una mente preocupada. La presencia está en el silencio, está en el ocio. Viviendo preocupados en el negocio todo el día todos los días, no cabe su opuesto. Bendito ocio.

El alma de un individuo no puede estar sujeta a culturas, tradiciones ni países, sino que ha de surgir siempre fresca, desde la veracidad de uno mismo y desde más allá de uno, de forma que no se someta a límites en el tiempo ni en el espacio. Cultura no es pasado; es el hecho de aprender, de cultivar, de florecer. El pasado es cultura solo en cuanto sirva al aprendizaje.

 

 

Creemos ver pero no vemos lo que hay, sino lo que abarca nuestra mirada, que es fruto de nuestra preocupación. Vemos lo que nuestra preocupación –que es nuestro pasado– nos permite ver; y lo interpretamos conforme a su acomodo en ese nuestro sistema de pensamientos, ese nuestro refugio. Lo definimos y adjetivamos, lo conceptualizamos y etiquetamos de forma que encaje en nuestra mirada, incapaces de ver sin juzgar. Miramos a lo que hay, cada uno desde la perspectiva de su mirada, y nos empecinamos en convencer al otro de que lo que hay es lo que uno está viendo, y no otra cosa. El mundo de uno es su mirada. Si no cambia su mirada, ¿cómo podría cambiar su mundo?

Las manifestaciones de conflicto se multiplican: fenómenos meteorológicos extremos, migraciones masivas, guerras, luchas por controlar recursos crecientemente escasos, pobreza, tensiones políticas, nacionalismos estatales o locales, batallas ‘de mercado’… Pero aunque las manifestaciones son diversas, el conflicto es uno y único, y está ligado a nuestra mirada, a nuestra forma de ver lo que acontece o, en su lugar, lo que nuestros prejuicios proyectan. Conflicto entre teoría y práctica; entre lo que vemos, lo que pensamos o sentimos, lo que decimos y lo que hacemos; entre lo que queremos y lo que somos o lo que hay; entre lo que ve el uno y lo que ve el otro. Conflicto por el poder entre vecinos, pueblos, regiones, países, continentes; entre colegas, competidores, empresas, ideologías; entre intereses por mantener lo que nos mantiene… Somos nuestra mirada. Mientras no subamos nuestra mirada los peldaños que haga falta no veremos la integridad de lo otro ni la propia, ni entenderemos que no es que el otro esté equivocado, sino que está viendo otra cara de la misma realidad, si tal cosa existe. No veremos la prisión en la que vivimos, desde la que miramos al mundo. No veremos con mirada comprensiva, integradora, acogedora de ‘lo otro’. En una mirada no comprensiva lo que se ve está separado de lo que no se ve; lo que es el mundo de uno de lo que no lo es, ni puede serlo porque no se ve. Cuanto más subamos, más comprensiva será nuestra mirada, porque menos quedará fuera de ella. Solo entre no-partes cesa el conflicto.

Cuando llegamos a asumir que debemos dejar espacio para que quepan otros intereses, negociamos. En la mirada parcial la única forma posible de evolucionar con cierta armonía es la negociación. Es decir: mis intereses son tales, los tuyos son cuales y vamos a ver a qué punto intermedio llegamos, cediendo ambos en nuestras pretensiones declaradas. Y para arrimar el ascua a nuestra sardina, declaramos todo lo que no resulte innegable, todo lo que ‘pueda colar’. En la negociación hay espacio para el engaño. Se negocia entre naciones, entre regiones, entre ciudades, grupos sociales, empresas, grupos políticos, ONGs, familiares… La negociación se convierte en la vía menos insostenible de evolución para nuestra forma de ver el mundo, y su resultado es la certeza de que la insostenibilidad de mañana será mayor que la de hoy.

La negociación es un acto humano, no una ley natural: ninguna especie vive negociosamente. Una negociación exitosa, si tal cosa existe, solo es suscrita por las partes negociantes. El sujeto que no haya participado en el acuerdo al que pueda llegar una negociación podrá salir perjudicado. En una Economía no comprensiva, mucho es lo que queda fuera de la negociación: nadie se ocupa de los recursos que la Economía, no sabiendo considerarlos, agrupa bajo el concepto de ‘externalidades’. La lechuga, el caracol, el agua, el aire, las siguientes generaciones… no pueden expresarse en una negociación. Sin embargo, ellos quedan afectados por sus resultados; y, a través de ellos, todos volvemos a quedar afectados a un plazo más largo. Luego, por mucho que las negociaciones arriben a buen puerto, nunca pueden ser exitosas, porque comienzan en la miopía: sea en el tiempo o en el espacio, solo considera a quienes están cerca. No podría considerar a los que están más lejos o más tarde, porque ni siquiera puede verlos, si la propia mirada al mundo es miope.

La vida se vive probándose incesantemente a sí misma, mediante continua prueba y error, aun en tiempos inabarcables para nuestra limitada capacidad de percepción. Probablemente no podrá contar con nuestra especie para seguir viviéndose; pero lo que es seguro es que con esta Civilización del Negocio no podrá contar. Igual que la enfermedad es una bendición que permite a la vida seguir aprendiéndose, nuestra especie o nuestra civilización habrán sido una maravilla que le permitirá descubrir que lo nuevo tendrá que superar, al menos, la mera existencia de intereses particulares; y, al más, la yoidad. El aprendizaje de la yoidad, que fundamentó hace 40.000 años el nacimiento del homo sapiens-sapiens, es también nuestra gloriosa tumba. Bendito colapso.

Mirando al mundo desde nuestro rol, no vemos lo que acontece, sino que lo interpretamos desde lo que nos mantiene. Mirando al mundo desde nuestro ayer no hay presencia, no hay hoy, no hay novedad, no hay ocio, no hay innovación. Hay repetición. Negociamos mientras podemos para mantener nuestras fuentes de seguridad, porque no aceptamos la incertidumbre; y cuando no es posible negociar, imponemos o nos resignamos a lo que se nos impone, sin aceptarlo. Si actuamos para evitar o rechazar lo que se nos impone no hay acción, hay reacción. En la reacción se reafirma el pasado, no hay novedad. Reafirmamos el sistema que nos mantiene cuando cerramos la puerta a la inseguridad, y así lo perpetuamos. Omnipresente, sempiterna, necesaria, bendita incertidumbre que creemos negar sin conseguirlo. Sin ella la vida no aprendería de sí misma.

Más allá de la negociación se ofrece la conversación –hermosa palabra. Deriva del latín versare, que indica movimiento (girar, cambiar, dar vueltas), y la raíz con, que indica en compañía. Conversar es, pues, moverse juntos. No es dialogar (etim.: discursar racionalmente), ni intercambiar opiniones, ni convencer o persuadir. No se trata de enfrentar argumentos para que al final pueda llegarse a un acuerdo. Conversar es moverse juntos, en todo el proceso de expresión. En la conversación no hay espacio para el engaño. La conversación ocurre en todo momento en tanto en cuanto no encuentra impedimento. Si concurren intereses particulares por sacar rendimiento o ventaja en forma alguna (dinero, reconocimiento, lástima, o cualquier otra), o bien prejuicios que impiden ver lo que se manifiesta como algo nuevo, entonces no hay conversación.

Tememos: al cambio climático, a la desertización, a la pérdida de recursos; a los nacionalismos, a las ocurrencias del hombre cohete, del hombre magnate o del poderoso político de turno, al mercado, a la pérdida de empleo, a la inseguridad del mañana, a la enfermedad… Temerosos, nos entregamos a mantener lo que nos mantiene, y así solo una debacle puede hacer que mañana sea distinto a hoy. Si lo viejo no muere, lo nuevo no puede nacer. Donde radica un árbol no puede nacer otro. Donde radica lo viejo no puede nacer lo nuevo.

Incapaces de actuar con libertad, solo podemos repetir el ayer. Mientras proclamamos su inviabilidad, contribuimos a mantenerlo. Nos desvivimos por ‘ganarnos la vida’ aunque lo que hagamos contribuya a impedirla; por mantener lo que nos mantiene, cebando el sistema que decimos aborrecer; por mantener nuestra seguridad, presos de un pasado al que llamamos cultura, en la que incluimos unos derechos que nos hemos atribuido sin ser quiénes para ello. Presos de una Economía (con mayúscula por denominación consensuada y en cursiva por falaz) radicalmente fallida por no ser comprensiva (holística), incapaces de asumir que solo la vida, por ser comprensiva, se expresa económicamente (de ‘economía’ con minúscula, por ser ley natural a la que pretende aproximarse la Economía, sin conseguirlo); de una Economía antieconómica. Bendita economía.

En su devenir, la Economía de la modernidad arrasa la resiliencia. En el proceso de concentración que necesariamente conlleva –por su miopía—, ha destruido la capacidad de las gentes para ser dueños de sus vidas, a medida que ha acabado con la diversidad de profesiones, con la vida rural, con la riqueza del suelo, con la estabilidad climática, con la diversidad de especies vegetales y animales, de formas de ver la vida: de miradas. La civilización occidental, que fructificó en términos de democracia, conocimiento y diversidad, se encuentra ya en franco proceso de degeneración por empobrecimiento. Como toda manifestación de vida; como todo lo que es algo en sí y parte además de algo mayor, nació, creció y ahora está en proceso de degeneración, antes de morir. Bendita enfermedad, bendita muerte. Sin ellas, seguiríamos siendo protozoos. Sin ella, todo hoy es ayer.

Bien sabemos que las convenciones con nombre de estados-nación impiden la conversación, sean cuales sean sus fronteras; que las élites no van a promoverla; y que lo que indebidamente hemos convenido en llamar democracia es absolutamente incapaz de tratar con las graves amenazas que, ya por sí solas, y más aún acumuladas, pintan los trazos de un mundo caótico. Poner esperanza en que un cambio externo a nosotros ‘nos salve’ es pura ilusión, por fuerte que sea. Negarse a aceptar que la humanidad no puede contar con nuestra civilización es tan ilusorio como creer que uno no ha de morir. No hay cosa que salvar.

La transformación radical solo puede ocurrir desde la veracidad de nuestros estilos de vida; sin pretender ser modelo ni convencer, ni ser autoridad o seguir a una, ni buscar con ello salvar cosa alguna, pues no hay cosa que salvar; desde la acción pura, no reactiva; siendo el mundo que decimos querer.

Del colapso brotará algo nuevo que tendrá registro de lo que es en el eterno presente, e integrará lo aprehendido. Lo que de nosotros depende no es evitarlo, sino cuidar la tierra para que la novedad pueda brotar de semillas sanas. No hay empresa más digna, más íntegra ni más hermosa.

Bendito colapso, bendito abismo, ante los que no caben parches. Bendita incertidumbre, ¿quiénes nos creemos para negarla? Bendita enfermedad, bendita muerte, que deja espacio a lo nuevo. Morir cada noche y nacer nuevo cada mañana, cuestionarse continuamente, morir a cada instante, permitir que la vida exprese su irrepetible novedad.

No muere quien está muerto. Vivir es morir.