¿Negociación o conversación? Una mirada al conflicto

 

La conciencia colectiva evoluciona más lentamente que las conciencias individuales. Lleva tiempo en escala generacional que aquélla asuma éstas. Hoy en día, seguramente, las charlas que expresan la inviabilidad de nuestro estilo de vida colectivo se repiten a millones por todo el mundo durante los mil cuatrocientos cuarenta minutos del día y, con apenas excepciones, acaban en lo que empezaron. Estéril es la indignación que lleva a la resignación –cuánto mejor su opuesto: aceptar lo que hay sin resignarse a que mañana se repetiere el hoy. Resignados a las reglas de una sociedad que creemos ajena a cada uno, creyéndonos incapaces de transformarla, nuestro día siguiente vuelve a ser como el de hoy y como todo el ayer que ocupa nuestras mentes. Vivimos enteramente ocupados en lo previo: nuestra profesión, los familiares, los médicos, el abastecimiento de productos, el mantenimiento de nuestras finanzas; en llamar al fontanero o al dentista, en saber lo último sobre tal o cual terremoto físico, político o socioeconómico, o sobre la obra de tal o cual artista, deportista o gurú; en construir nuestra prédica, en racionalizar la ofensa sentida… ocupados hasta en ocupar nuestro tiempo ¿de ocio?, ¿libre? Colegios, universidades, empleo, pareja, rol, jubilación… preocupados en que nuestro mañana sea comme-il-faut, en eliminar la inseguridad y, con ello, fijar nuestras fronteras. Y cuando tenemos ‘tiempo libre’ (ergo: no esclavo), nos ocupamos en llenarlo con lecturas, películas, televisión… en distraernos, sin dejar espacio para el silencio, el ocio, la ocupación sencillamente en lo que hay. Vivimos en el rol que asumimos, que es nuestra prisión: desde ella miramos el mundo y lo interpretamos. Vivimos preocupados, y en lo que está ocupado con anterioridad no cabe nueva ocupación. Nos preocupamos en mantener lo que nos mantiene: el sistema de verdades del que salir nos parece precipitarnos al abismo. Bendito abismo.

Ocio no es distracción. Distraídos vivimos todo el día, sin ver lo que hay en el instante. El ocio, por contra, brilla por su ausencia: no cabe en la preocupación. No hay presencia en el ruido que llena una mente preocupada. La presencia está en el silencio, está en el ocio. Viviendo preocupados en el negocio todo el día todos los días, no cabe su opuesto. Bendito ocio.

El alma de un individuo no puede estar sujeta a culturas, tradiciones ni países, sino que ha de surgir siempre fresca, desde la veracidad de uno mismo y desde más allá de uno, de forma que no se someta a lïmites en el tiempo ni en el espacio. Cultura no es pasado; es el hecho de aprender, de cultivar, de florecer. El pasado es cultura sólo en cuanto sirva al aprendizaje.

 

 

Creemos ver pero no vemos lo que hay, sino lo que abarca nuestra mirada, que es fruto de nuestra preocupación. Vemos lo que nuestra preocupación –que es nuestro pasado– nos permite ver; y lo interpretamos conforme a su acomodo en nuestro sistema de pensamientos. Lo definimos y adjetivamos, lo conceptualizamos y etiquetamos de forma que encaje en nuestra mirada, incapaces de ver sin juzgar. Miramos a lo que hay, cada uno desde la perspectiva de su mirada, y nos empecinamos en convencer al otro de que lo que hay es lo que uno está viendo, y no otra cosa. El mundo de uno es su mirada. Si no cambia su mirada, ¿cómo podría cambiar su mundo?

Las manifestaciones de conflicto se multiplican: fenómenos meteorológicos extremos, migraciones masivas, guerras, luchas por controlar recursos crecientemente escasos, pobreza, tensiones políticas, nacionalismos estatales o locales, batallas ‘de mercado’… Pero aunque las manifestaciones son diversas, el conflicto es uno y único, y está ligado a nuestra mirada, a nuestra forma de ver lo que acontece o, en su lugar, lo que nuestros prejuicios proyectan. Conflicto entre teoría y práctica; entre lo que vemos, lo que pensamos o sentimos, lo que decimos y lo que hacemos; entre lo que queremos y lo que somos o lo que hay; entre lo que ve el uno y lo que ve el otro. Conflicto por el poder entre vecinos, pueblos, regiones, países, continentes; entre colegas, competidores, empresas, ideologías; entre intereses por mantener lo que nos mantiene… Somos nuestra mirada. Mientras no subamos nuestra mirada los peldaños que haga falta no veremos la integridad de lo otro ni la propia, ni entenderemos que no es que el otro esté equivocado, sino que está viendo otra cara de la misma realidad, si tal cosa existe. No veremos la prisión en la que vivimos, desde la que miramos al mundo. No veremos con mirada comprensiva, integradora, acogedora de ‘lo otro’. En una mirada no comprensiva lo que se ve está separado de lo que no se ve; lo que es el mundo de uno de lo que no lo es, ni puede serlo porque no se ve. Cuanto más subamos, más comprensiva será nuestra mirada, porque menos quedará fuera de ella. Sólo entre no-partes cesa el conflicto.

Cuando llegamos a asumir que debemos dejar espacio para que quepan otros intereses, negociamos. En la mirada parcial la única forma posible de evolucionar con cierta armonía es la negociación. Es decir: mis intereses son tales, los tuyos son cuales y vamos a ver a qué punto intermedio llegamos, cediendo ambos en nuestras pretensiones declaradas. Y para arrimar el ascua a nuestra sardina (el acuerdo a nuestro interés), declaramos todo lo que no resulte innegable, todo lo que ‘pueda colar’. En la negociación hay espacio para el engaño. Se negocia entre naciones, entre regiones, entre ciudades, grupos sociales, empresas, grupos políticos, ONGs, familiares… La negociación se convierte en la vía menos insostenible de evolución para nuestra forma de ver el mundo, y su resultado es la certeza de que la insostenibilidad de mañana será mayor que la de hoy.

La negociación es un acto humano, no una ley natural: ninguna especie vive negociosamente. Una negociación exitosa, si tal cosa existe, sólo es suscrita por las partes negociantes. El sujeto que no haya participado en el acuerdo al que pueda llegar una negociación podrá salir perjudicado. En una Economía no comprensiva, mucho es lo que queda fuera de la negociación: nadie se ocupa de los recursos que la Economía, no sabiendo considerarlos, agrupa bajo el concepto de ‘externalidades’. La lechuga, el caracol, el agua, el aire, las siguientes generaciones… no pueden expresarse en una negociación. Sin embargo, ellos quedan afectados por sus resultados; y, a través de ellos, todos volvemos a quedar afectados a un plazo más largo. Luego, por mucho que las negociaciones arriben a buen puerto, nunca pueden ser exitosas, porque comienzan en la miopía: sea en el tiempo o en el espacio, sólo considera a quienes están cerca. No podría considerar a los que están más lejos o más tarde, porque ni siquiera puede verlos, si la propia mirada al mundo es miope.

La vida se vive probándose incesantemente a sí misma, mediante continua prueba y error, aun en tiempos inabarcables para nuestra limitada capacidad de percepción. Probablemente no podrá contar con nuestra especie para seguir viviéndose; pero lo que es seguro es que con esta Civilización del Negocio no podrá contar. Igual que la enfermedad es una bendición que permite a la vida seguir aprendiéndose, nuestra especie o nuestra civilización habrán sido una maravilla que le permitirá descubrir que lo nuevo tendrá que superar, al menos, la mera existencia de intereses particulares; y, al más, la yoidad. El aprendizaje de la yoidad, que fundamentó hace 40.000 años el nacimiento del homo sapiens-sapiens, es también nuestra gloriosa tumba. Bendito colapso.

Mirando al mundo desde nuestro rol, no vemos lo que acontece, sino que lo interpretamos desde lo que nos mantiene. Mirando al mundo desde nuestro ayer no hay presencia, no hay hoy, no hay novedad, no hay ocio, no hay innovación. Hay repetición. Negociamos mientras podemos para mantener nuestras fuentes de seguridad, porque no aceptamos la incertidumbre; y cuando no es posible negociar, imponemos o nos resignamos a lo que se nos impone, sin aceptarlo. Si actuamos para evitar o rechazar lo que se nos impone no hay acción, hay reacción. En la reacción se reafirma el pasado, no hay novedad. Reafirmamos el sistema que nos mantiene cuando cerramos la puerta a la inseguridad, y así lo perpetuamos. Omnipresente, sempiterna, necesaria, bendita incertidumbre que creemos negar sin conseguirlo. Sin ella la vida no aprendería de sí misma.

Más allá de la negociación se ofrece la conversación –hermosa palabra. Deriva del latín versare, que indica movimiento (girar, cambiar, dar vueltas), y la raíz con, que indica en compañía. Conversar es, pues, moverse juntos. No es dialogar (etim.: discursar racionalmente), ni intercambiar opiniones, ni convencer o persuadir. No se trata de enfrentar argumentos para que al final pueda llegarse a un acuerdo. Conversar es moverse juntos, en todo el proceso de expresión. En la conversación no hay espacio para el engaño. La conversación ocurre en todo momento en tanto en cuanto no encuentra impedimento. Si concurren intereses particulares por sacar rendimiento o ventaja en forma alguna (dinero, reconocimiento, lástima, o cualquier otra), o bien prejuicios que impiden ver lo que se manifiesta como algo nuevo, entonces no hay conversación.

Tememos: al cambio climático, a la desertización, a la pérdida de recursos; a los nacionalismos, a las ocurrencias del hombre cohete, del hombre magnate o del poderoso político de turno, al mercado, a la pérdida de empleo, a la inseguridad del mañana, a la enfermedad… Temerosos, nos entregamos a mantener lo que nos mantiene, y así sólo una debacle puede hacer que mañana sea distinto a hoy. Si lo viejo no muere, lo nuevo no puede nacer. Donde radica un árbol no puede nacer otro. Donde radica lo viejo no puede nacer lo nuevo.

Incapaces de actuar con libertad, sólo podemos repetir el ayer. Mientras proclamamos su inviabilidad, contribuimos a mantenerlo. Nos desvivimos por ‘ganarnos la vida’ aunque lo que hagamos contribuya a impedirla; por mantener lo que nos mantiene, cebando el sistema que decimos aborrecer; por mantener nuestra seguridad, presos de un pasado al que llamamos cultura, en la que incluimos unos derechos que nos hemos atribuido sin ser quiénes para ello. Presos de una Economía (con mayúscula por denominación consensuada y en cursiva por falaz) radicalmente fallida por no ser comprensiva (holística), incapaces de asumir que sólo la vida, por ser comprensiva, se expresa económicamente (de ‘economía’ con minúscula, por ser ley natural a la que pretende aproximarse la Economía, sin conseguirlo); de una Economía antieconómica. Bendita economía.

En su devenir, la Economía de la modernidad arrasa la resiliencia. En el proceso de concentración que necesariamente conlleva –por su miopía—, ha destruido la capacidad de las gentes para ser dueños de sus vidas, a medida que ha acabado con la diversidad de profesiones, con la vida rural, con la riqueza del suelo, con la estabilidad climática, con la diversidad de especies vegetales y animales, de formas de ver la vida: de miradas. La civilización occidental, que fructificó en términos de democracia, conocimiento y diversidad, se encuentra ya en franco proceso de degeneración por empobrecimiento. Como toda manifestación de vida; como todo lo que es algo en sí y parte además de algo mayor, nació, creció y ahora está en proceso de degeneración, antes de morir. Bendita enfermedad, bendita muerte. Sin ellas, seguiríamos siendo protozoos. Sin ella, todo hoy es ayer.

Bien sabemos que las convenciones con nombre de estados-nación impiden la conversación, sean cuales sean sus fronteras; que las élites no van a promoverla; y que lo que indebidamente hemos convenido en llamar democracia es absolutamente incapaz de tratar con las graves amenazas que, ya por sí solas, y más aún acumuladas, pintan los trazos de un mundo caótico. Poner esperanza en que un cambio externo a nosotros ‘nos salve’ es pura ilusión, por fuerte que sea. Negarse a aceptar que la humanidad no puede contar con nuestra civilización es tan ilusorio como creer que uno no ha de morir. No hay cosa que salvar.

La transformación radical sólo puede ocurrir desde la veracidad de nuestros estilos de vida; sin pretender ser modelo ni convencer, ni ser autoridad o seguir a una, ni buscar con ello salvar cosa alguna, pues no hay cosa que salvar; desde la acción pura, no reactiva; siendo el mundo que decimos querer.

Del colapso brotará algo nuevo que tendrá registro de lo que hubiere sido e integrará lo aprendido. Lo que de nosotros depende no es evitarlo, sino cuidar la tierra para que la novedad pueda brotar de semillas sanas. No hay empresa más digna, más íntegra ni más hermosa.

Bendito colapso, bendito abismo, ante los que no caben parches. Bendita incertidumbre, ¿quiénes nos creemos para negarla? Bendita enfermedad, bendita muerte, que deja espacio a lo nuevo. Morir cada noche y nacer nuevo cada mañana, cuestionarse continuamente, morir a cada instante, permitir que la vida exprese novedad y no repetición…No muere quien ya está muerto, quien no vive. Vivir es morir. 

Vivir es un arte del que urge aprender.

 

 

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